Naturaleza construida

Rubén Páez, Barcelona.



La tela de araña, símbolo máximo de la fragilidad y de la belleza, puede definirse como un tipo de arquitectura que encontramos en la naturaleza. Una estructura natural que permite a las arañas construir lo artificial.

La arquitectura, entendida como forma y lugar, responde de manera directa a la naturaleza. La forma arquitectónica, entendida como espacio artificial, ha evolucionado a medida que hemos ido interpretando las leyes naturales. En este sentido siempre ha habido una lucha por encontrar un equilibrio entre lo natural y lo construido.

Lo artificial, previamente a su implantación, dialoga con el entorno preservando y conservando parte de la conversación. Así surge la transformación que permite recuperar valores, comunicar ideas y sensaciones. En el trasfondo no se trata de imitar a la naturaleza o superarla, sino integrarse a ella descubriendo que los propios fenómenos naturales pueden constituir en si mismo un aliado.

La dicotomía entre natural y artificial siempre ha ido más allá del campo operativo de la arquitectura. La historia del conocimiento está llena de concepciones en las que esta disyuntiva tiene distintas formas de entenderse.

Platón afirmaba que lo artificial eran imitaciones de cosas naturales, de cosas genuinas y originales, por tanto lo artificial eran cosas aparentes. Copias sin la originalidad y el valor de lo natural.

Aristóteles separa lo artificial de lo natural no sólo en su concepción sino también en su forma de conocimiento y estudio, asignando a lo natural formas primarias y a lo artificial secundarias. En definitiva lo natural representa la espontaneidad y lo artificial la intencionalidad.

El empirismo científico del siglo XVII hace desaparecer la dicotomía, y el hombre desarrolla el papel de intérprete de la naturaleza y a su vez de descubridor de las leyes que la rigen para alcanzar a dominarla.

Quizás en el paradigma actual lo artificial no represente una copia de lo natural, sino algo menos auténtico, y como sea su relación con lo natural dotará a lo artificial de mayor o menor valor. Pero, ¿en que momento estamos?



Cada entorno natural es único e irrepetible, el objeto arquitectónico artificial debe asumir un cierto grado de abstracción para dar continuidad a la belleza natural. Lo artificial debe ser parte integrante, y no sólo buscar relaciones a través de lo estético, sino a través de los vínculos de aquellos que pertenecen al lugar, de aquellos que integran la memoria colectiva. Los materiales, las técnicas, las formas arquetípicas son maneras de acercarse e integrarse a lo natural. Una arquitectura viva permite que su fisonomía se transforme manteniendo vivos los atributos que posee su pertenencia a la historia.

El paisaje es, un ser vivo, un escenario en el que se superponen los artificios arquitectónicos, arquitecturas en busca de la verdad pero suponiendo un estrato más dentro del gran proceso que representa la historia. Arquitecturas situadas en el paisaje y a su vez parte integrante del paisaje, esa sea quizás la parte más compleja del juego.

Lo artificial siempre ha tratado de armonizarse con el entorno inmediato. Pero es cierto que detrás del idílico equilibrio natural existe una cierta fascinación estética cuando la arquitectura se alza brutalmente sobre el armonioso paisaje, cuando colisionan el duro hormigón, el vidrio y el frío metal con el agua, el bosque y la tierra. Es entonces cuando más se expone el delicado equilibrio, preciso, tenso y armónico, entre las estructuras hechas por el hombre y la naturaleza. Lo artificial adquiere un posicionamiento natural en la naturaleza creando una nueva realidad, constituyendo una naturaleza construida.

La arquitectura como contexto de las experiencias colectivas actúa como espacio que interactúa con el visitante, la arquitectura definida como el interfaz, el lugar desde el que el observador mediará con lo natural y ésta será observada. La arquitectura, como creación propia del hombre, constituye la continuidad entre lo artificial y lo natural.

En este sentido, lo artificial no puede ser un fin. Debe ser una oportunidad, no una conquista. Debe poseer el carácter universal de las ideas, pero a la vez el carácter particular. Cuando lo artificial choca con los límites naturales, es cuando más sentimos que la naturaleza se ha hecho inmortal.



Imágenes:


Foto 1. Jim Cooke
Foto 2. Toshio Shibata

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