La ciudad de los moldes olvidados

Clara Nubiola, Barcelona



Kilómetros de moldes y una ciudad olvidada.

Imposible ubicarla porque nadie la recuerda. Una ciudad perdida.

Allí, los moldes olvidados se cuentan por millares. Al principio fueron solo un par que, con el tiempo, pasarían a convertirse en puerta escultórica de lo que luego sería una ciudad nacida del azar, un azar marcado por el ritmo estrepitoso del tirar lo que ya no es útil.

Moldes y más moldes agrupados los unos sobre los otros, creando angostos pasillos, callejuelas sin salidas, ventanas asimétricas y edificios impensables.

La ciudad de los moldes olvidados.

Antes, en un antes muy lejano las cosas tenían su justa medida.
Del talón a la punta, 37 centímetros y 42 milímetros.
Los zapatos no se diseñaban con tamaños concretos a los que uno debía adaptarse y, de la misma manera, tampoco los edificios, vestidos o sillones eran formas concretas entre las que escoger.

Cada diseño requería una pausa para entender, un tiempo para medir, paciencia para moldear, inteligencia para comprender.

Miles de artesanos se esmeraban por diseñar la forma más idónea, la que se adaptara a cada espacio, a cada pie, a cada textura, a cada persona, sin tener en cuenta tiempo, coste o efectividad.

Cada pie tenía su molde al que veía transformarse, crecer, mutar, madurar y con él se creaban zapatos únicos, hechos a medida.

Luego, un día, todo eso cambió.

Fue un artesano, un personaje patoso y despreciable al que su falta de destreza e ilusión habían convertido en un ser amargo y rasposo. Un artesano en el que ya nadie confiaba pues sus diseños provocaban rozaduras, heridas y molestias.

Enfundado en su amargura concluyó que todo aquello era un absurdo.

Se perdía un tiempo precioso que él podría utilizar para holgazanear; se ganaba poco dinero y además, siempre ese odiado molde que no paraba de mutar.

Pensó que había llegado la hora del cambio.

“Yo haré un solo molde. Un molde universal” – pensó.

Y se puso manos a la obra.

Trabajó noche y día, desechando moldes y más moldes que se resistían a la universalidad y finalmente una madrugada de enero obtuvo el premio a sus días de esfuerzo.

Tenía el molde.

A partir de ese molde construyó otros iguales pero más o menos pequeños y compró telas y botones, suelas y cordones con los que diseñar sus zapatos.

La velocidad era fascinante y sonreía pensando en el diseño del cartel que atraería a mujeres y hombres de todas las regiones a su tienda.

El primer día no apareció nadie. La gente miraba el cartel. Sonreía sin entender y se preguntaba que zapatos podían ser esos que cabían en más de un pie.

Él esperaba paciente y convencido de su destreza.

Y un día llegó.

Era una mujer conocida en la ciudad por sus prisas.

Parecía que nunca llegaba a tiempo a ningún lugar.

Entró sin dudar y le dijo

“Zapatero, ¿Que eso de que tienes zapatos con los que no tendré que esperar?”.

El zapatero sonrió, midió el pie de la mujer y le dijo “A partir de ahora señora, usted solo piense en el color. El que más le guste. Y apunte una talla. 37”.

Le alargó un zapato, la mujer se calzó y, tras sorprenderse con el fantástico precio de aquel zapato y con el poco tiempo que allí había perdido, salió feliz con su nuevo par de zapatos.

La noticia de esa novedosa forma de trabajar se extendió rápidamente por la ciudad y, en pocos días, cientos de personas hacían cola en la zapatería del despreciable zapatero.

Al verlo, los otros zapateros se resistieron a cambiar, convencidos de que no era más que la novedad y que, con el tiempo, cuando aquellas mujeres se dieran cuenta de las incomodidades de esos nuevos zapatos, volverían lamentándose a sus tiendas.

Pero nada de eso ocurrió y poco a poco y a pesar de la tristeza y los lamentos de los pobres zapateros, uno a uno fueron copiando esa extraña manera de trabajar que les regalaba un tiempo y un dinero que hasta entonces no habían necesitado.

Luego fueron los vestidos, las mesas, los sillones, las casas, pantalones y bufandas y aquellos moldes de zapatos que ya no servían de nada se fueron acumulando en una región lejana.

Cada vez más gente se desprendía de ellos y en montes y planicies fue creciendo una nueva ciudad que plantas y animales adoptaron como propia.

La ciudad de los moldes olvidados.

La ciudad del olvido.

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