Breve tratado de Interiorismo.
(diseño de Interiores)

Dario Mateo, Sevilla


1]
No hay diseño, solo mirar......contemplar.
No hay Interior, sólo una piel vuelta del revés , como una cinta de Möebius: hacia fuera infinito....hacia dentro igualmente infinito.

Somos una argolla-médium del Universo.

Como los neutrinos al átomo, así hay pensamientos* que atraviesan nuestros más sólidos dogmas.

J. Artaban (2004).

2] sobre el espacio interior y el espacio exterior.

“Sigfried Giedion, en su ‘espacio, tiempo y arquitectura’ dividía la concepción del espacio en 3 épocas.

La primera desde la antigüedad donde el espacio que predominó fue el espacio exterior, un espacio que envolvía lo construído a modo de escultura (cuyos primeros ejemplos fueron los monolitos).

Una segunda época en la que la fascinación y el trabajo se centró en el espacio interior de los edificios, y cuyo paradigma vino a ser el espacio barroco, donde salvo la fachada principal raramente se trabajaban los exteriores.

Un tercera época la fechaba Giedion en la concepción del espacio del movimiento moderno. En ésta época se daba una continuidad inevitable entre el espacio exterior y el espacio interior cuya evidencia radicaba en el uso del vídrio y de las grandes superficies acristaladas que no sólo dejaban pasar la luz sino también la mirada a un lado y otro del cerramiento. Más allá de consideraciones bioclimáticas, una vez conquistada la morada como refugio, el poder hacer transparentes a los muros que protegen de la hostilidad de la naturaleza y dejar pasar la visión, incluso los vientos y los olores de la misma, supuso un alto grado de adaptabilidad y una fluidez perceptiva que unificaba el espacio interior con el exterior.”

La continuidad del espacio (charla en aula abierta tras la arquitectura). Darío Mateo. Diciembre 2011.

La imagen nos muestra un poderoso paisaje de interior (el agua está calmada y no parece tener la agitación del mar con lo que debe ser la de algún lago o embalse) en el que una de las penínsulas rodeadas por dicho lago, aparece un anillo circular de enormes dimensiones que alberga en su interior un fragmento de bosque.

Hablar de esta imagen como si no se supiese nada más de la misma (si eso fuese posible) nos lleva a hablar del contraste entre ambiente natural y paisaje construído.

También nos lleva a pensar sobre el antropocentrismo como importancia que el ser humano da a todo cuanto hace referencia a sí mismo.

Siempre me ha llamado la atención el gran valor que adquieren a ojos del patrimonio cultural e historiográfico, cualquier vestigio rocoso que tuviera algo que ver con el origen de las civilizaciones, ya sea en forma de dólmenes, menhires, crómlech o pequeñas tallas que dan testimonio de los primeros pasos en el desarrollo de la vida humana como especie. Los museos arqueológicos y exposiciones antropológicas dan muy buena fe de ello. Por lo contrario, cualquier piedra común que conforma los montes más cercanos, y que posiblemente tenga orígenes más antíguos e historias a ras de sí más importantes que los iconos que como hitos cronológicos están registrados en dichos museos, son desprestigiadas como testimonio real del paso del tiempo y carentes de valor en absoluto.

Las piedras sueltas de monte, al parecer todavía y esperemos que por mucho tiempo, no pertenecen a nadie.

Hay quienes, como Perejaume, trabajan ya en este desaprendizaje de lo antropocéntrico abordando con otro enfoque la relación con el medio natural.

Llamo medio natural, a lo que nos viene dado o regalado (las plantas, los animales, la tierra). Hay quienes ven este medio únicamente como fuente de recursos y hay quienes lo ven como hábitat fundamental.

No se trata aquí de hacer apología del ecologismo, sino de poner de manifiesto que en la imagen, un paisaje tan potente como el que se nos muestra, absorbe toda mirada, toda consideración. Uno podría quedarse atónito, en silencio, mirando por horas dicho paisaje, percibiendo los matices de luces, sonidos y seres, mascullando, al tiempo, una pregunta sin palabras.

Ante lo que nos viene dado (el medio natural), el ser humano, a parte de tratarlo bastante mal como si de su propia creación se tratara (si es que esto pudiera justificar maltrato alguno), tiene el don, la posibilidad (por capaz y por probable) de intervenir en lo natural.

Ese escenario suele ser mudo, pasivo y normalmente no reacciona ante la actividad “transformadora” de la persona.

En la imagen propuesta, lo valioso es el paisaje. Por ello mismo es de gran importancia toda huella que se imprima en dicho medio natural y el cómo se imprima ésta. Dejar la mínima huella (en cuanto destrucción y deterioro de dicho medio natural) parece ser una actitud adecuada.

Un edificio es, con toda su complejidad, algo que de algún modo u otro puede ser explicado, puede ser conocido. Lo natural conlleva un enigma. Lo construido es racionalizable.

La arquitectura ayuda a dar sentido, aunque sea por contagio, por contacto físico, al paisaje.

Que necesitemos esta ayuda, o no, para aceptar (integrar, entender) lo que nos viene dado (lo que llamamos naturaleza) es quizás una de las más importantes cuestiones pendientes.

¿podríamos vivir a plena intemperie?

La arquitectura no es sólo refugio físico, también es un refugio moral. Así lo sigue contando en sus clases de doctorado, el gran profesor que es, Antonio Armesto. La arquitectura ayuda moralmente a entender la extensión isotrópica del espacio, su continuidad y a su vez, la paradoja de la discontinuidad del tiempo, su eterno y cíclico empezar y acabar.

Si no supieramos qué es ese anillo (lo sabemos) sobre la península (cuya forma toda va cerrándose casi aunque de bordes irregulares y amorfos) podríamos decir que por anómalo y por contraste realza la visión del resto del paisaje. Y se nos ocurre que difícilmente otra “arquitectura” se hubiese posado mejor en el lugar.

De aquí observo tres ideas:

1) De una arquitectura (sin mayúsculas pero que representa todo el valor ancestral de lo que la acción de construir y dejar huellas en el medio natural ha sido a lo largo de la civilización humana)

es propio el hacerse una con el lugar y dar la sensación de que aquello, sin venir dado, ya estuvo siempre allí y que no se puede imaginar ya de otro modo.

Conseguir tal fusión con el lugar es hacerse paisaje mismo y al mismo tiempo construir paisaje.

Le Corbusier lo explicaba con un dibujo de un templo en el que se recortaban las islas griegas.

J. Quetglas en su libro-tesis sobre la villa Savoye (Les heures claires_ editorial Massilia. 2008) muestra una serie de fotografías de exterior, desde el bosque cercano que rodea a la villa mirando a la misma. Quetglas hace la lectura de estas fotografías como muestra de la intención de Le Corbusier de contraponer la arquitectura de la casa, con sus geometrías de aristas secas y cortantes y de planos abstractos, en contraste con las formas sinuosas y orgánicas de los árboles cercanos. La arquitectura en lucha y vencedora de una batalla contra la naturaleza hostil y amenazante a la humanidad.

2) Podemos decir también que es propio de una arquitectura, no sólo fusionarse con el lugar, sino hacerlo dejando la mínima huella. Observamos también que la huella ecológica, que no tiene que ver con el tamaño de la intervención, es inversamente proporcional a la huella cultural (entendida como la influencia que soluciones como ésta dejan en la historia de la arquitectura). Es decir, cuanto más sensible y cuidadoso es el trato que lo construido tiene con el territorio donde se ubica, mayor es el valor de su arquitectura.

Más allá de las condiciones a priori dadas por el encargo, entendemos que el uso del círculo como plataforma flotante sobre la arboleda que puebla y colma dicha península, presenta una actitud más confiada y más amable que la actitud beligerante de Le Corbusier en la implantación y diseño de la Villa Savoye. Entendemos esta forma canónica como otro recurso más (dentro de los pocos que construyen el proyecto) para hacerse uno con el paisaje dejando la mínima huella sobre el mismo si tenemos en cuenta que el interior de esta enorme corona circular, se deja poblado de los árboles que ya existían.

3) Si empleas tu tiempo lector (es altamente recomendable) en conocer algo más este edificio podrás apreciar que las soluciones que lo conforman son muy sencillas. Apreciamos la complejidad extrema que supone alcanzar este grado de sencillez.

Lo sencillo se presenta normalmente como obvio pero precisamente es esta obviedad la que oculta la dificultad que antes de dicha solución entrañaba llegar a la misma. Dice R. Tagore:

“ leemos mal el mundo y luego decimos que nos engaña”. Pajaros perdidos y otros aforismos.

Aprender a leer el mundo, para devolverle lugares tan bellos como los que el mundo nos regala, construir lugares en lugares potenciando la fuerza y dándole sentido a los mismos, es entrar en la rueda cíclica de lo más ignorado y lo más necesario: la belleza de lo originario.

Ante una imagen así, cualquier persona puede reconciliarse con el mundo y ante intervenciones como esta, queremos creer que la naturaleza se reconcilia con lo humano ………sin necesidad de desvelar enigma alguno.

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