Explosión congelada

Miguel Hernández, Toledo

Según el filósofo alemán Peter Sloterdijk vivimos creando esferas, construcciones que nos guarecen del frío de la helada cósmica y el vacío de sentido (1). Edificamos continuamente espacios de protección a través de nuestras relaciones con todo lo que existe. Somos seres de alta permeabilidad que buscan resolver sus aspectos íntimos, con si mismos y con el resto. Pero la curiosidad, la misma permeabilidad que nos permite crear relaciones, puede provocar que a veces las esferas estallen y nos dejen de nuevo al descubierto. Este sería el impulso de los tres tomos que componen Esferas (2); Burbujas(I), Globos(II) y Espumas(III) ), en los que Sloterdijk desarrolla su visión del hombre preguntándose no ¿Qué es?, sino ¿ Dónde está el hombre?.

En el último volumen, Espumas, se examina el mundo contemporáneo en el que el hombre acusaría la falta de un todo integrador o esfera común presente en épocas anteriores (Dios, Conocimiento Ilustrado, etc.). En una sociedad multifocal, dónde no existe un único centro sino que cada partícula es un centro, se establecen frágiles relaciones entre celdas aisladas y móviles que hacen difícil la visión de la sociedad como un todo estructurado, organizado e inteligible. En este estado de cosas, interrogar sobre la ciudad es preguntarse sobre el ser humano y su modo particular de ser en el mundo, esto es, como habitante de espacios que lo cobijen y lo proyecten. (3)

Si formamos espumas, si somos celdas aisladas con dificultades para la relación más allá de nuestra pequeña tribu, desbordadas por el exceso de información, de referentes o de centros emisores, entonces es una buena estrategia la encaminada a difuminar los límites entre lo privado y lo público, entre casa y ciudad; una estrategia que favorezca espacios con sensación de cobijo a la vez que de intercambio y de la que el bosque, un lugar que puede resultar acogedor para la persona y, al mismo tiempo, ser ajeno(4), podría ser paradigma.

De esta manera, se pueden imaginar infinitas variaciones de estados intermedios entre el espacio más íntimo de una vivienda y el mundo exterior: engawas, patios, porches, jardines, o como apunta Fujimoto, bosques, ciudades-casa y casas-ciudad, donde cohabiten el cobijo y la intemperie.

La Casa N se configura a partir de una gradación entre interior y exterior a través de tres espacios dispuestos sucesivamente, que no alcanzan esos dos extremos entre los que se sitúan. La gradación es muy sutil entre estos tres momentos pero el espacio más íntimo de la casa necesita de grandes cortinas para alcanzar un mínimo de privacidad y hay una transición una tanto abrupta al exterior desde el patio cubierto.

Aún tratándose de espacios híbridos, el interior de la casa mantiene su carácter privado, por muy transparente que sea, e impulsa esa privacidad hasta el mismo límite de la parcela. Una gran celda delimita el paso al exterior que debe producirse a través del espacio que rodea la casa. La explosión de una esfera aparece congelada en el tiempo, materializada en el tamiz de la última envolvente, y los muros y techos agujereados se asemejan a restos de una membrana destinada a desaparecer.



(1) Adolfo Vasquez Roca: Peter Sloterdijk. Esferas, helada cósmica y políticas de climatización
(2) Peter Sloterdijk. Esferas I,II y III Ed. Siruela
(3) Adolfo Vasquez Roca: Peter Sloterdijk. Espumas, mundo poliesférico y ciencia ampliada de invernaderos
(4) Sou Fujimoto. Futuro Primitivo

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