Especies de espacios

Carlos Cachón, Barcelona

La intimidad tiene una estrecha relación con la ruina.
Vivienda, intimidad y calidad. José Luis Pardo. Arquitectos 176



Entendemos lo público como el lugar donde nos es posible expresarnos. Frente a las connotaciones negativas de lo privado -la casa, el objeto construido en el que nos aislamos- sería en el espacio público donde podemos mostrarnos -darnos- a los demás.

Es, sin embargo, condición de lo público ser un espacio de mediación. El decoro nos exige presentarnos ante los demás con unas formas que puedan aceptar. Así pueden existir normas de conducta que penan cualquier muestra de intimidad en público: desnudarse, nutrirse, defecar, vender el propio cuerpo, generar ciertos niveles de ruido, todo aquello que exhibe nuestra condición animal. Restricciones sin sentido no obstante allí donde estamos protegidos por llave, donde no somos acechados, en privado. Incluso las autoridades aparentemente más permisivas, aquellas autoproclamadas progresistas, sancionan la validez de esas normas.

Sólo quien carece de posesiones, tangibles o imaginarias, quien se ve obligado a vivir en lo público, los mendigos, los desheredados, los locos en cierta medida, sabe de la condena que supone tener que exponer su intimidad, de la imposibilidad de habitar lo público. No poder ocultar sus actos menos agradables, sus debilidades, a los ojos de los demás. La mentira que supone entender lo público como el lugar donde nos expresamos, donde mostrarnos. Lo que explica por qué muchos de ellos prefieren incluso esa vida expuesta de la calle, allí donde aún es posible aspirar a encontrar un espacio abandonado, desocupado, inservible, sin acceso a los demás, guarecido en definitiva, a los más amables albergues, los edificios públicos de
acogida, donde aun a los ojos de quienes son como ellos, su intimidad continúa desnuda.

Es curioso constatar también que se trata de la misma condena que padece quien actúa en sentido inverso, el trepa, el que siempre necesita estar expuesto, aquel al que un día vemos sentado entre los miembros del jurado de unos importantes premios y al siguiente en la mesa de redacción de la publicación financiada por la institución que dirige uno de sus amigos. Siempre a la sombra que mejor cobija, su necesidad de reconocimiento, de exposición, le impide expresar nada que le sea propio. Su afán de notoriedad le despoja de cualquier posibilidad de intimidad.

Es el público, paradójicamente, el espacio por definición inhabitable, y el privado, donde un techo nos protege, donde los muros impiden que seamos vistos, donde podemos recrear -crear- nuestros simulacros de vegetación o existencia, tras los ventanales de nuestros salones o en el exterior de nuestros jardines descansando en cómodas tumbonas.


En el espacio público nadie está en su casa, porque el espacio público no es (al menos no debe ser)
una casa para nadie. Por eso es muy mal síntoma cuando, al caer la noche en algunas ciudades
contemporáneas, los espacios públicos empiezan a llenarse de gentes sin casa que deambulan por ellos, sin propósito ni destino, que parecen esperar a algo o a alguien, pero que en realidad han perdido toda esperanza, gentes que simplemente, trágicamente, “viven allí”. Cuando el buen burgués exterioriza su reprobación ante esa evidencia señalando que de este modo se “ensucia” el espacio público, expresa sin embargo -sin duda de forma despiadada- esa condición estructural del espacio público que acabamos de recordar (que no debe ser la casa de nadie).

Vivienda, intimidad y calidad. José Luis Pardo. Arquitectos 176




Quizás se deba a ese equívoco, que lo público sea el espacio donde nos es posible expresarnos, a su propia estructura visible, la de lo público, mientras que es condición de la intimidad permanecer invisible, sólomostrarse cuando ha desaparecido, cuando es posible acceder de forma furtiva, alevosa, penada, a un espacio habitado ajeno, como en estas fotos, o cuando un derribo a medio hacer, descubre los muros aún decorados y los muebles aún no del todo arruinados, de lo que en otro momento fue una casa. Por ello hay algo agresivo cuando los muros caen, cuando se impone la transparencia, cuando es sólo un vidrio lo que
nos separa de lo que, desde nuestra buena educación, consideramos que debería permanecer oculto, llámese Sra. Farnsworth o Belén Esteban, quien esté detrás del cristal. Quizás haya sido siempre condición de lo moderno, una de sus mayores virtudes probablemente, violentar esa naturaleza bien-pensante de lo visible, cuestionar los límites entre lo público y lo privado, entre la intimidad y lo que se puede exponer, aspirar a un nuevo modo de vida, desprovisto de prejuicios. Hacer de sus obras paradigma de un nuevo modo de habitar.


Lejos de ser algo “interior” o “interno”, la intimidad es tan externa y exterior como la ruina: es el mayor grado de exposición y riesgo al que podemos llegar, el modo más cabal de estar afuera, de salir, no solamente de casa, sino incluso de uno mismo, en una suerte de entrega incondicional, de derrumbe de todas las barreras defensivas que es lo más próximo a lo que podríamos llamar “nuestro lugar” o “el lugar al que pertenecemos” (y que, obviamente, no es lugar alguno, puesto que como ya se ha dicho y es ocioso repetir, los mortales no ertenecemos a ningún sitio).
...Nuestros íntimos son los que conocen nuestra ruina y, pudiendo hacerlo, no se aprovechan de ella.
Los que nos aman precisamente por aquello por lo cual nos venimos abajo. En su presencia no podemos dar ni pedir explicaciones. Pero tampoco nos hace falta hacerlo.

Vivienda, intimidad y calidad. José Luis Pardo. Arquitectos 176




Probablemente reside en esa invisibilidad la cualidad que posibilita la aparición de nuestras emociones, la que nos permite, al saltarnos el paso de la racionalización, acceder a lo que no entendemos. Como en el tránsito del sueño a la consciencia, de la apatía a la euforia, del reposo a la concentración absoluta. Como en el tránsito repentino de la oscuridad a la luz, de la penumbra a la claridad. En el que hay un momento en que lo que vemos se transforma. En que los cuerpos, manchas negras, apenas visibles al principio, recuperan paulatinamente sus detalles, hasta acabar alcanzando una nitidez absoluta. Una nitidez que, sin comprenderla, ya habíamos contemplado. Ese tránsito altera nuestra percepción. Despierta nuestros sentidos. Por contraste, nos hace extrañamente conscientes de lo que nos rodea. Algo en lo que de otro modo no habríamos reparado.

Así ocurre con ciertos espacios. Existe en nosotros una necesidad de alterar los límites de las formas construidas, de llevar el umbral de las viviendas a su extremo, a su absurdo. Trasladar nuestra intimidad justo allí donde no debería estar admitida. Donde habita la luz, la naturaleza, el viento, lo exterior. Una necesidad que no es difícil rastrear en numerosas construcciones, especialmente modernas. Donde el límite entre lo público y lo privado queda desdibujado. Lo podemos ver. Sin movernos de una silla.


---------------------------------índice--------------------------------