Makartismo

Jorge Tárrago, Pamplona





Fotografía del interior del taller de Hans Makart en Gußhausstraße 25, Viena hacia 1875. Österreichische Nationalbibliothek

Hans Makart (1840-1884) es un pintor olvidado. Quizá su muerte prematura, con apenas cuarenta y cuatro años, tenga algo que ver. También la crítica, siempre más proclive a fijarse (con razón) en la vanguardia. Pero en esa Viena fin-de-siècle que describieron bien Carl E. Schorske y Stefan Zweig, esa álgida y decadente, proletaria y burguesa, popular y aristocrática, cultural y política, escénica y esteticista, esa en donde “la vida artística sustituyó a la acción” y el “arte se transformaba en una religión”, Hans Makart era, con mucho, el más popular e influyente, el árbitro del buen gusto, el líder de la vida artística. Todavía es legendaria la ‘Parade Makart’ en la que miles de vieneses disfrazados recorrieron las calles de la ciudad en 1879.

Es la apasionante ciudad de Hugo von Hofmannsthal, de Karl Krauss y Hermann Bahr, y de Gustav Klimt, de Johann Strauss, Johannes Brahms y Gustav Mahler, de Otto Wagner y Joseph Maria Olbrich, de Sigmund Freud. Y de los que estarían a punto de tomar el relevo, Ludwig Wittgenstein y Robert Musil, Adolf Loos, Egon Schiele y Oskar Kokoshka, Arnold Schoenberg. Es la ciudad del Parlamento y el Ayuntamiento, y de la Universidad, el Teatro, el Museo y la Opera. Y es la ciudad de Francisco José I y Sissi.

En esta Viena, el taller de Makart era el lugar donde cualquiera deseaba ser invitado. Era un ambiente obligado para turistas, la nueva burguesía, actores, actrices y damas de la alta sociedad. La alternativa era hacer cola y pagar una entrada para poder visitarlo a partir de las cuatro de la tarde.

Makart había llenado compulsivamente un viejo almacén reformado de todo objeto que llamara su atención en sus viajes. Sin importar procedencia. Ni su valor. Sin distinguir entre original o copia. Era una confusión de mármoles y maderas, de imitaciones de finos chapeados y de dorados viejos, de alfombras y pieles, de armaduras mezcladas con acumulaciones de vasos de porcelana, bronces, candelabros, muebles antiguos, palios y gobelinos entre pinturas sobre caballetes… Makart fue el primero en usar frondas de palmas secas, ramos de hierba, bouquets de flores de cardo, plumas, pompones de lana y mariposas exóticas.

Pronto las escenografías abigarradas de Makart, esa mezcolanza superabundante de objetos disímiles y sobre ellos el efecto de la iluminación, a l’angolo, al modo del teatro barroco italiano, serían sinónimo del décor vienés del cambio de siglo. Cualquiera que incluyese en algún rincón de su salón un ‘ramillete Makart’ o una palmera seca tenía la segura aprobación del gusto dominante.

El taller de Makart era un lugar del culto obsesivo a lo estético y de veneración al maestro. De fiestas de disfraces célebres. Todo aquello que le era agradable a los sentidos tenía un acomodo en la escena. El desorden era intencionado, una hipertrofia de los sentidos, un cultivado artificio. Un síndrome de Diógenes, pero refinado, donde cada elemento estaba seleccionado y ordenado por el instinto compulsivo de Makart, donde cada pieza tenía una función en la luz y en la penumbra del conjunto. Una profusión de objetos sin sistema, ni coherencia aparente.

A quién le puede extrañar entonces que el recurrente aforismo de Walter Benjamin “habitar es dejar huellas”, que tanto ha dado a la crítica arquitectónica, le deba otro tanto a este interior olvidado. “Para el estilo Makart, el estilo del final del Segundo Imperio, una vivienda se convierte en estuche para la persona donde la embute junto a todos sus accesorios, conservando sus huellas como la naturaleza conserva la fauna muerta embutida en granito”.

Recuerden a Makart.



Referencias:


BENJAMIN, Walter, Charles Baudelaire: a lyric poet in the era of high capitalism, London, 1973.
PIRCHAN, E., Hans Makart: Leben, Werk und Zeit, Wallishauser, Wien, 1942.
SCHORSKE, Carl E., Viena Fin-de-Siècle. Política y cultura, GG, Barcelona, 1981.
ZWEIG, Stefan, El mundo de ayer. Memorias de un europeo, Acantilado, Barcelona, 2001.

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