LA DECADENCIA
Rubén Páez, Barcelona


Fotografía de Eleonora Costi. Retrato de la nostalgia en Italia

Aunque nada resulta del todo claro al observar la realidad, son los sentimientos y las ideas las que modelan la percepción de lo que tenemos ante nosotros. Si la imagen del presente número de Engawa representara un estado, posiblemente representaría el abandono. Sabiendo que detrás de cada espacio doméstico hay un habitante, la imagen probablemente sugiere el abandono personal, el aislamiento en el propio hogar y un deterioro de las normas y costumbres sociales. Detrás de los desechos acumulados existe una sobrecogedora desolación, un lugar de soledad absoluta carente de vida. Si la casa es una proyección del individuo, la imagen está representando un final.

En todas las ciudades podemos encontrar todo tipo de espacios desolados: áticos, azoteas, palacios polvorientos, bares de copas, antiguos cines, teatros y salas de fiesta, galerías comerciales, complejos deportivos e industriales, callejones, pisos, apeaderos de tren, solares vacíos, parques y jardines, encrucijadas de vías de tren o espacios intersticiales entre las rondas urbanas o las autopistas... Aunque parezca que no tienen uso, observándolos mejor sí lo tienen, como refugio, lugar de juego y diversión, galería de arte urbano, punto de intercambio, santuario de gatos, área de aparcamiento, espacio de citas furtivas, zona de tránsito, almacén improvisado o vertedero incontrolado.
En cualquier apartamento o piso vacío recién alquilado existe también la misma sensación de abandono. Aquella que encuentra el nuevo inquilino con las cosas desechadas por el anterior habitante en su mudanza. Mudanzas que son huidas, en muchas ocasiones, desesperadas, a toda prisa, en la que las pertenencias olvidadas se convierten en desechos durante el tiempo que no se alquila de nuevo el inmueble. Objetos que evocan a quienes ya no viven allí. Objetos abandonados, como parte viva, tratando de pervivir, tratando de mostrar la esencia y belleza de los lugares que ocuparon, tratando de llenar el espacio vacío antes de desaparecer definitivamente en la basura.

Si la literatura es una forma de retratar lo cotidiano, nadie mejor que Paul Auster para describir magistralmente la idea de abandono. En su novela Sunset Park, narra cómo encuentra el protagonista, Milles Heller, empleado de una empresa encargada de vaciar casas y pisos embargados por los bancos en el estado de Florida (USA), el interior de algunas de las viviendas que visita: “Al principio, se quedaba estupefacto por el desorden y la suciedad, el abandono. Rara vez entra en una vivienda que sus antiguos dueños hayan dejado en prístina condición. Lo más frecuente es que se haya producido un estallido de ira y violencia, una orgía de caprichoso vandalismo a la hora de marcharse: desde dejar los grifos de los lavabos abiertos y las bañeras desbordándose hasta muros demolidos a mazazos, paredes cubiertas de pintadas obscenas o agujereadas a balazos, sin mencionar las tuberías de cobre arrancadas, las alfombras manchadas de lejía, los montones de mierda depositados en la sala de estar.” A través de su cámara fotográfica, Milles Heller, retrata la crudeza de la huida, en la que nada ha permanecido indemne al deterioro.

Todo lo que se abandona se deteriora. Un espacio deteriorado empieza casi siempre con un lento y progresivo ocaso: revestimientos que saltan de techos y paredes, desconchados de pintura, puertas sin tiradores ni cerraduras, barandillas de madera quemadas por el sol, bombillas moribundas que no se sustituyen, manchas de orines de gatos, olor sucio a cerrado, malas hierbas que no se cortan, flores que nacen y mueren sin que nadie las atienda, platos sucios olvidados en el fregadero, ventanas rotas que no se arreglan y basura acumulada que no se baja al contenedor.

Las crisis económicas o los cambios en las políticas comerciales pueden llevar también al abandono. En la periferia de las ciudades las deudas de las empresas constructoras convierten los futuros trazados urbanos en estructuras huérfanas. Arquitecturas abandonadas en ruina, aletargadas, expectantes de una lenta mejoría económica para de nuevo florecer. El ocaso puede afectar tanto a un imperio como a una ciudad entera. Las propiedades abandonadas se desvalorizan hasta caer bajo mínimos, siendo irrecuperable su valor, acelerando su degradación y contagiando la decadencia al entorno inmediato. Detroit representa uno de esos casos de declive a escala urbana. Una ciudad en pleno centro del mayor imperio capitalista, los Estados Unidos, que a finales de los años 90 sucumbió en el más profundo colapso económico. Una metrópoli en la que barrios enteros fueron abandonados, y otros sobrevivieron rodeados de solares vacíos y edificios que languidecen descomponiéndose esperando el momento de su demolición. Una ciudad que evocaba unas ruinas como aquellas con las que los pintores románticos habían fantaseado a principios del siglo XIX.

“Si la ruina es antigua, es mágica y eterna, si es reciente es triste y deprimente.” Ante la imagen de la ruina entendida como proceso de decadencia, reaccionamos distintamente, a veces con miedo por la crudeza de aquello que todavía perdura y que puede removernos por dentro, y con nostalgia y devoción, a veces, cuando sentimos que el alma del lugar se ha ido.

Balnearios, fastuosos palacios de veraneo, parques de atracciones o refugios invernales de montaña de principios del siglo pasado, se convierten en complejas instalaciones pasadas de moda. La curiosidad y la distancia en la línea del tiempo borra cualquier sensación de incomodidad, y la fascinación por imaginar esos lugares rebosantes de vida imprime a las construcciones obsoletas un halo de seducción y misterio. Los edificios arruinados de pasados gloriosos, nos conectan en cierto modo con nuestra memoria colectiva. Nos atrapan y nos mantienen en guardia. Probablemente la película La Grande Bellezza, de Paolo Sorrentino, represente mejor que nada esa sensación. La de una ciudad decadente, Roma, repleta de palazzi renacentistas, iglesias barrocas y vestigios romanos incapaz de alcanzar de nuevo su grandioso pasado, pero también incapaz de morir y sucumbir a su belleza, “o Roma o muerte.” (1)

Los paisajes naturales cambian, se destruyen, se abandonan y se recuperan, toman nuevas formas, retroceden o finalmente se transforman irreversiblemente en desiertos. La naturaleza es también escenario de conflictos. Lugares prósperos de pesca, se convierten en escombros de musgo y salitre. La sobreexplotación de los recursos naturales lleva a la ruina a los pueblos, antes bulliciosos, ahora silenciosos. Barcas varadas, aparejos de pesca convertidos en desechos vacuos. Pueblos implacables con la naturaleza que pierden la dura batalla por la supervivencia.

Sin embrago la inmensa y terrorífica belleza de la naturaleza cuando destruye no es capaz de competir con la crueldad del hombre. Pueblos arrasados por las guerras, ciudades sometidas desde tiempos inmemoriales a una sistemática destrucción por conflictos armados. Ciudades que bajo sus escombros esconden vida y recuerdos esplendorosos de su belleza y que ante la devastación no tienen otra esperanza que la reconstrucción y recuperación de los trazados y la fisonomía que las han hecho eternas.

Y ante tanta desolación, no es la primera vez que nos conmovemos por los lugares abandonados, devastados ni negamos una cierta atracción y seducción por la degradación de ellos. Quizás contienen parte de nuestra decadencia como sociedad, representando la fugacidad de la vida que se escapa y no se recupera. Es posible que una visión romántica, nostálgica o emocionante de esos lugares resulte hermosa al desconectarnos emocionalmente de ellos, pero resulte incómoda, triste y desagradable al pensar el abandono como un estado de desorden. Si pudiéramos definir una condición para explicar el abandono posiblemente hablaríamos de la entropía como el estado o la tendencia natural de cualquier objeto a caer en un estado de confusión…los espacios que quedan aislados, tienden hacia la desorganización que los convierte en desechos.

El abandono, el deterioro, el declive, la decadencia son procesos naturales, no sólo de las personas, de los objetos, de las ciudades o de los paisajes. Sin duda son características de la permanente e irremediable temporalidad que invade a las personas, cosas o lugares. Quizás lo único permanente en este mundo sea el cambio.


REFERENCIAS:


(1) “o Roma o morte”. Palabras pronunciadas por Giuseppe Garibaldi en la liberación de Roma durante la Primera Guerra de la independencia italiana.

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