Prólogo

Toño Aller

Desde la quinta planta del hotel Sants, contemplo atónito el movimiento aparentemente esquizofrénico de la ciudad. Gente yendo y viniendo, coches pitando, acelerando para luego frenar bruscamente….
Una mujer huye con su vida metida en una maleta de dimensiones ridículas.
Debe correr para coger el tren que la llevará a otra ciudad, a otra realidad.

Giro la cabeza y al bajar la vista me encuentro de frente con la foto de Antonio para este número de la revista. La observo sin ningún tipo de pasión... Sensación plácida, relajada, vacía.
De repente, como si me hubieran dado una patada en los huevos, me doy cuenta de que mi vida, y la de muchos miles de personas, es como la de ese camión de mudanzas.

Llevo tiempo con la creciente sensación de no tener ningún derecho o vínculo con la sociedad o sociedades con las que interactúo, de no pertenecer a ese lugar, en realidad a ningún lugar.
Percibo el espacio, lo ocupo, lo modifico temporalmente pero no llego a entenderlo como lugar. Quizás porque no consigo encontrar los puntos de similitud con las identidades que me rodean o quizás porque mi paso es siempre eso, un paso.

Si alguien me buscara en un mapa no me podría situar. Tampoco podría decir que estuvo allí. Siempre habría algún iluso o fanfarrón que con mapa en mano diría “Toño se sitúa aquí… huy, no sale en el mapa… Este mapa es una mierda”
En realidad, ese iluso no se da cuenta de que no puede situarme, establecerme o limitarme en el mapa. Porque cuando se fija el mapa yo ya no existo como lugar.

Mi posición es una posición temporal, inestable, no definitiva y como tal incapaz de dar suficiente importancia al espacio que ocupa para poder hablar de lugar.
Si somos espacio, yo no podría más que generar ilusiones del lugar, huellas de un instante ínfimo, en definitiva un infinito no-lugar.

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