Criaderos de polvo
O de cómo una diagonal inquieta el espacio.

Víctor Manuel Cano Ciborro, Madrid.

En 1958 el arquitecto polaco Oskar Hansen y su equipo se presentan al concurso del memorial Auschwitz-Birkenau bajo el lema “Slab Memorial”.

En 1920 el artista Marcel Duchamp abandona durante 6 meses la plancha de Le Grand Verre en su estudio. Su objetivo es hacerle un monumento al tiempo. Esto es, al polvo. Mientras espera, se dedica a jugar al ajedrez.

El criadero de Hansen
“Todo el complejo se ha evaporado y el campo de mujeres es una ruina que nadie cuida. (…) Las paredes torcidas, los tejados por los suelos, la hierba creciendo dentro de los barracones y una fina capa de camomila crece por todo el campo, esto es Birkenau hoy. En dos años desaparecerá completamente. La única cosa que permanecerá será la camomila. Y la hierba.”(1)

Al concurso se presentaron 426 proyectos. Ocho pasaron. Entre ellos, la primera propuesta del equipo de Hansen. “Slab Monument”. Una losa petrificada allá donde los raíles –y la vida- tocaban a su fin. Es la zona de los crematorios. Tras ellos hay árboles muy altos. Intentaban ocultar el humo. Cenizas.

En la losa, una urna. En la urna, las cenizas –polvo- de las víctimas del holocausto.

Una tumba de inmensas dimensiones. El monumento horizontal hacía su aparición.

Y gustó. Y gustó mucho. Y pasaron el corte. Sin tiritas.

Pero todo cambia cuando hablamos de polvo. Tiempo.

En la segunda vuelta la losa deshizo su forma. Se estiró. Se movió. Se alargó. Se tensionó. Cómo que empezó a revolverse en sus adentros. Cómo que no quería estar inmóvil en un lugar donde lo lógico era escaparse. Agitarse. Estallar. El monumento comenzó a coger potencia, consistencia, y empezó a disgustar. A ya no gustar. A no gustar a todos menos al miembro más emblemático del jurado. Henry Moore. “Una idea excepcionalmente brillante” aseguraba.
Ahora la losa era un camino. El monumento pasaba de lo estático a lo dinámico. De amoldarse al orden de lo ya impuesto, a la profanación –restituir al libre uso de los hombres- de ese lugar. Una diagonal que todo lo rompía. Orden, pasado, llanto, quedaban a expensas de esa brutal diagonal de color azabache. 70 metros de ancho y 1000 metros de largo. El campo, al fin, había sido tachado. Borrado. Des-memoriado. Que no olvidado. El monumento, al fin, puede ser pisado. El monumento, al fin, entra en carga. Ya no lo miro, ya no me muestra. El monumento, ahora, me deja sentir. Gritar. Imaginar. Re_memorar libremente.
Ya no entramos por el mismo lugar. Aquella entrada es terrible. Es una boca indigesta. Ya no hay que bordear alambradas y seguir el calvario del que sólo podía hacer dos cosas. Caminar en línea recta –salirse era morir- y mirar hacia arriba o abajo –el soslayo era una provocación con un precio demasiado alto-.
En Birkenau se miraba mucho al suelo –barro- y al cielo –cenizas-. Comprimir el horizonte entre dos ciénagas. La que se te pega a los pies. La que se te pega a las entrañas.
Y ahora ya sólo queda la de abajo. La de los pies. La de arriba se fue con el tiempo. Sí, cenizas.
Birkenau es horizontal. En Birkenau no encaja algo vertical. Esa horizontalidad sólo podía verse perturbada por el humo que eyectaban aquellas chimeneas de aquellos crematorios de aquellas cenizas de aquellos cuerpos…

“Yo me quemo, muy rápido. La primera parte de mí se eleva en un denso humo que se mezcla con el humo de los demás. Luego quedan los huesos, que se convierten en ceniza. Barren las cenizas para llevarlas hasta el río, y al final, quedan motas de nuestro polvo flotando en el aire mientras el nuevo grupo trabaja. Esos fragmentos de polvo son grises. Nos depositamos en sus zapatos y en sus caras, y en sus pulmones. Y se acostumbran tanto a nosotros que pronto ni tosen, ni se esfuerzan en quitársenos de encima cepillándose la ropa. Llegados a este punto, sólo se mueven. Respiran y se mueven como cualquier otro aún vivo en este lugar. Y así es como el trabajo continúa”. (2)

Hansen quería materializar el tiempo. Lo que se salía de la diagonal debía dejarse. Dejarlo. Que sólo quedase el barro tras la lluvia. La nieve si frío. La camomila si primavera.

Esto disgustó. Pero eso. Cómo una diagonal puede alterar lo que sucede alrededor, es el auténtico gesto de la re_vuelta. Del que intenta dar la vuelta a lo que sucedió.

El monumento nunca llegó a construirse. Recorrerse. La diagonal no existe. Y lo que está fuera de ella sigue estando limpio. Cuidado. Ordenado. Sin tiempo. Sin polvo.


El criadero de Duchamp
En 1912 Marcel Duchamp se empeña en dibujar el movimiento. El tiempo. Desnudos que bajaban una escalera.

En 1920 decide que el tiempo lo dibujará el propio tiempo. Llama al polvo. Deja “Le grand verre” en su estudio. Seis meses de espera jugando al ajedrez.

180 días después vuelve. Man Ray desenfunda la cámara. Ya lo tienen. Se bautiza como “Élevage de poussière”. “Criadero de polvo”.

Un monumento es un criadero de polvo.
“El polvo es un índice de las inscripciones del tiempo”

Hansen usó la pieza que quizá sólo Duchamp se hubiera atrevido a mover en el damero de Birkenau. El alfil. Hansen rompió el damero con la diagonal. Su interés –como en el ajedrez- no era tanto ese movimiento –diagonal- sino lo que provocaba en el resto de las piezas –barracones-, en el resto del tablero –Birkenau-.

Hansen conseguía al trazar una línea su definición del concepto monumento. Algo abierto. Que se deja al tiempo. Que acabará teniendo una capa de polvo. Un monumento es un criadero de polvo.

Ignoro si Hansen y Duchamp llegaron a conocerse. Pero no cabe duda de que terminarían hablando sobre el polvo que generaba en un tablero de ajedrez, el movimiento de un alfil. Lo que genera en el espacio una diagonal.

El criadero que dejó de criar.
En 1926 Mies Van der Rohe da forma al Monumento Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Hitler lo derrumba en 1935. El polvo, en aquel lugar, tenía que ser incontrolable. Inaguantable. Demasiado desorden para la cuadrícula del Reich.



Referencias:


(1) Extracto del artículo “Death of Birkenau” 1957. El autor es anónimo aunque muy probablemente se trate de un superviviente.
(2) BLAKE NELSON, Tim, “La zona gris” (película) 2001. Basada en la novela de Miklós Nyiszli “Auschwitz: A Doctor’s Eyewitness Account” La cita incluida es de una niña que el propio Nyiszli encontró con vida bajo una masa de cuerpos salientes de la cámara de gas de Birkenau.

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