Rasgos

Héctor Fernández Elorza, Madrid.

De pequeños solíamos divertirnos mi hermana y yo jugando a reconocer rasgos humanos en los coches. Como aquellos monjes chinos del Siang Mien que utilizaban ya hace miles de años las técnicas de lectura facial para determinar las enfermedades de sus pacientes o los rasgos de sus almas; como un fisionomista al recordar a las personas por los matices de sus rostros; o como un caricaturista al subrayar lo más definitorio del físico humano. Matábamos el tiempo de los viajes discutiendo sobre coches “buenos” o “enfadados”, si eran rojos porque estaban “acalorados” o blancos al ser de “tez fina”. Soñábamos con un mundo conformado por rasgos, como pistas de aquellas caras que nos rodeaban en la carretera.

Leer o descifrar la arquitectura tiene algo de monje chino, fisonomista, caricaturista o de la mirada emocionada de un niño. Son los rasgos de ésta los que nos permiten entender sus matices y que hacen que estos no sean los mismos según las distintas miradas, y que incluso la de uno mismo varíe a lo largo del tiempo dependiendo de los rasgos detectados.



La Casa Malaparte contiene muchos de esos rasgos que hacen que su lectura se modifique a lo largo del tiempo; o por lo menos así me ha ocurrido.

De la primera visita recuerdo haber recorrido en lo posible esa línea quebrada donde confluyen sus muros con el farallón. La esperada sorpresa de la cubierta bajo la protección del muro curvo y el protagonismo del horizonte da paso a los rastros que deja la casa en su encuentro con la roca. Libera o Malaparte –qué más da- descifran en esos 30 cm de arranque de los muros lo mucho que esa casa debe, no sólo al mar, sino también a su tierra. Una línea quebrada, a veces incluso amorfa, que sólo se adivina en muchos tramos por el vivo color rojizo de los paramentos frente al tono ceniza de la piedra. ¿La casa se posa sutilmente sobre la roca o es el propio farallón el que parece extenderse en esta? En todo caso, se detecta un equilibrio de pesos donde la roca y la arquitectura van de la mano en la definición de un rasgo común: su gravedad.

Sin buscarlo, con el tiempo cayó sobre mis manos una publicación sobre la misma casa, con una fotografía de esta azotada por una fuerte marejada. Aquel mar calmado de la primera visita a la casa se vio transformado en un rugido; el horizonte convertido en espuma; la gravedad de la primera impresión, borrada la línea de la casa con la roca, transfigurada en la inestabilidad de una casa que lucha por sobrevivir al viento y el mar como la línea cambiante de flotación de un barco en la tormenta.


Rasgos rebuscan en otras pistas y nos recuerdan que Curzio Malaparte estuvo exiliado en Lipari, que allí conoció la escalera de la Iglesia de la Annunziata y como esta se recorta contra su suelo; o que llegó a esa misma isla en un pequeño bote y que a pesar de su reclusión era el único del grupo que sonreía –quizás porque sabía a lo que iba-. Escalera o barco, igual que su casa, no hacen más que alimentar ese juego de los rasgos, que a los arquitectos, como a los niños, convierten a su observación en sueño y entretenimiento; como el primero de los pasos del conocimiento.

Junio 2015

---------------------------------índice--------------------------------