El extraño caso Malaparte

Matías Grimaldi, Córdoba, Argenitna.


“My portrait in stone. . . A house like me, but which me?”

C.M

Nunca había sentido la necesidad de escribir mas que un recordatorio o alguna lista para el mercado, profesionalmente tampoco encontré en todos estos años ninguna motivación especial, algo extraño entre colegas que se dedican a componer personajes literarios para sus novelas psiquiátricas con las particularidades de sus pacientes.
La llegada reciente a mi despacho de un caso especialmente curioso, me instó a esbozar un registro de nuestras sesiones, siendo consciente de lo poco profesional que esto resulta, solo espero que caigan en las manos correctas, en un tiempo y un lugar lejano.

Nápoles
1972

Sesión I

El miércoles 21 de Marzo de 1938 visitó por primera vez mi despacho un sujeto de firme postura y rasgos robustos, el cual se presentó como Curzio Malaparte.
Por curiosidad le pregunté el significado del seudónimo, a lo que respondió que de esa manera comenzó a firmar sus escritos luego de la primer gran guerra.
Significa “de mala parte” especificó, nació como un juego de palabras parodiando al loco emperador francés, anhelando correr mejor suerte que este.
Tiene acento alemán - le indiqué -
Por parte de padre, milanés por parte de madre - replicó -
Indagué sobre los motivos de su visita y sin muchos rodeos contestó que luego de una larga carrera como periodista, dramaturgo y diplomático, se había decidido a construir un refugio para dedicarse tiempo completo a su verdadera pasión, escribir.
“Solo busco una casa autobiográfica, es decir, reflejo de mi personalidad, un compuesto de mis nostalgias y mis memorias, mis pasiones y esperanzas.
Me propongo construir una obra utilizando como material mi propia vida. Una síntesis que trascienda.
Mi retrato en piedra…una casa como yo,
¿Pero cual de ellos?” – se preguntaba
De inmediato no comprendí en que podía yo ayudarlo, le comenté que lo que el necesitaba era un arquitecto y le ofrecí una tarjeta de mi buen amigo Adalberto Líbera.
“Es el mejor arquitecto que conozco, seguramente él podrá asesorarle mejor que yo.”
Tomó la tarjeta, pero argumentó que si alguien era capaz de iluminar todas aquellas pasiones y recuerdos ocultos, era yo y mi ciencia. Admito que era la primera vez que alguien me planteaba tal cosa. Por curiosidad, le sugerí que comenzáramos por hablar un poco sobre paisajes con los que se sintiese identificado, donde hubiera vivenciado momentos intensos, que fuesen significativos o los soñara con frecuencia. Primeramente mencionó a su pueblo natal, Prato, en la Toscana, pero luego de un breve lapso de recuerdos infantiles se refirió al frente de batalla hasta finalizar la sesión, sobre todo a esa apacible calma que deviene después de la tormenta.

Sesión II

El segundo encuentro inició con Curzio comentándome sobre lo revelador de nuestra plática y las consecuencias que esta había producido.
“He encontrado ese lugar donde la naturaleza se expresa en su mayor dimensión, un sitio entre el embravecido mar y las imponentes rocas, donde el viento arremete, pero también acaricia la brisa, donde el sol enceguece pero también templan los ocasos, donde de entre las fisuras pétreas brota la verde sombra, la perspectiva es horizonte y el cielo infinito, donde los elementos combaten frenéticos y hacen el amor apasionadamente. Pequeño y a la vez inmenso. Salvaje y solitario.”
En efecto Malaparte había adquirido un solar y permiso para construir a través de sus contactos políticos. Ubicado en la costa oriental de la isla de Capri, un acantilado en Punta Massulo, rodeado por tres rocas enormes en medio del mar. A 3.2 kilómetros del pueblo y 32 metros sobre el Mediterráneo. Un sitio remoto y peligroso, como el frente de batalla o tal vez, su misma vida.

Sesión III

Luego de los avances en que decantaron los primeros encuentros, la tercera sesión Curzio traía consigo decepciones. Se había puesto en contacto con el arquitecto. Para mi sorpresa, las cosas no marchaban bien. Estaba decepcionado.
“Adalberto ha diseñado un bunker de ladrillo y cemento, con pasillos y pequeñas habitaciones, todo demasiado racional, me recuerda mucho a las cárceles en que he estado.”
Le insistí en que me relate como eran aquellos agujeros, ya que los mencionaba.
Enfatizó en la fluidez creativa que había adquirido en aquel periodo, encerrado en la prisión Regina Coeli, recluido y restringido, pero sobre estimulado narrativamente, sereno, calmo y superproductivo. Denominó aquel estado como “meditación creativa”.
Le recomendé que visitara las villas que existían en la isla, en nuestro próximo encuentro hablaríamos del tema.

Sesión IV

Antes que nada le consulté sobre su periplo y si había podido encontrar alguna pista sobre lo que él buscaba. Argumentó que pretendía una obra simple y pura, que el estilo Capri era ecléctico, se encontraba cargado de columnas romanas, arcos, ventanas ojivales y estrechas escaleras exteriores. Pensaba que el proyecto podía ser un híbrido y contaminarse de lo árabe, lo romano, lo gótico y secesionista alemán.
Me confesó que el asunto con Líbera no había llegado a buen puerto, a pesar de haber aceptado la proporción alargada de su propuesta; decidió desarrollar él mismo el proyecto y construirlo con la ayuda de un albañil local, Adolfo Amitrano.
“Un maestro constructor simple, el mejor, el más honesto, el más inteligente y más recto que jamás he conocido”.
Me lo presentó con orgullo.

Sesión V

El escritor apareció con unas fotografías, las cuales encontró releyendo un viejo diario buscando material para el proyecto. En una de ellas, por detrás, se encuentra la escalinata de ingreso a la Iglesia de Annunziata en Lipari, isla donde fue apresado en 1934. Me confeso que aquella construcción que contuvo sus plegarias por tanto tiempo, le insinuaba muchas cosas, pero sobre todo, la ascensión en busca de lo divino, algo que le interesaba reinterpretar de algún modo en la obra. También hizo referencia a mantener la monumentalidad de las villas de la isla, corresponder a una cierta escala.


Sesión VI

Lo más destacado de nuestro encuentro fue una conclusión tentativa y paradójica por parte del escritor:
“He caído en cuenta que lo que busco es aquel estado que tanto disfrutaba en cautiverio, necesito una nueva celda.”
También platicamos mucho sobre la inminencia teniendo en cuenta los acontecimientos recientes, y la proximidad de una nueva gran guerra.
“No sería mala idea aprovisionarse y guarecerse en un bunker mientras dura el conflicto.” - comentó -

Sesión VII

Malaparte estaba eufórico. “Iniciaron los trabajos”
- exclamó tras cerrar la puerta.-
Un compuesto de cemento y piedra del lugar emergía de la roca, ladrillos para la escalera y terraza, madera para las ventanas y puertas.
No dio muchos más detalles, solo mencionó que se sentía sumamente atraído por las rocas gigantes que emergían del mar alrededor del acantilado, no había podido dejar de contemplarlas cada vez que estaba en la obra.
“Creo que abriré grandes huecos en mi estar dirigidos hacia cada uno de ellas, así podré musicalizar las escenas con Bach y templarlas con el fuego del hogar”.
Le sugerí que para nuestro próximo encuentro meditara sobre como había sido su camino en esta vida. Me observó con cierta duda, creo que presentía a lo que me refería.

Sesión VIII

Transcribo textualmente a Malaparte:
“Si debo sintetizar mi andar, presiento que es una ascensión inconciente peldaño tras peldaño por una larga escalinata, desde una frenética y agitada juventud fascista, mutando por los duros golpes de la vida, tomando una inevitable perspectiva hacia una madurez meditativa y comunista. Si cada uno de estos escalones correspondiese un año, estaría en el cuadragésimo, digamos a mitad de camino. Si el destino me diese a elegir, me interesaría dejar de contar en el abismo de los 100, pero no llegar. Por cábala.

Sesión IX

Malaparte no apareció, pero si una carta suya puño y letra:

“Estimado doctor, por razones que espero entienda no podré asistir mas a nuestros encuentros, el actual conflicto no me permite detallar mi posición, solo quiero hacerle saber que estoy muy satisfecho con su trabajo, ha iluminado rincones a los que nunca espere llegar y encontrado cajones que ni siquiera sabía que existían.
Considero que la prueba irrefutable de ello será la construcción en el peñasco.
Una obra la cual debo seguir escribiendo, sepa disculparme pero es momento de encerrarme bajo llave y concentrarme en ello. Si decide conocer como continúa esta historia, visite la obra cada vez que lo desee y verá en ella, cada palabra hecha ladrillo, cada oración convertida en muro y la intensidad en sus transiciones. Espero que la sensibilidad y la paciencia lo acompañen para leer el poema entero.”

Un saludo afectuoso.
CM

Confieso nunca haber visto ni un solo dibujo del proyecto, solo soy consciente de fragmentos volátiles de nuestras conversaciones, pero en el momento que la vi por vez primera, supe de inmediato que aquella era la obra.

En 1970, con mi mujer decidimos ir a pasear unos días por Capri. Habían pasado 32 años de aquella última carta.
Nunca supe más nada de Malaparte. Imaginé que se encontraría de retiro en el peñasco.
Una tarde, ya en la isla, decidimos ir a visitarlo.
Un barquero se ofreció a llevarnos. Media hora navegamos entre gigantescas rocas hasta que divisamos el rojo bunker asomado en la cima. Descendimos en una escalinata esculpida sobre el escarpado acantilado. El estruendo de las olas era ensordecedor. Comenzamos a ascender lentamente, a cada paso el rugir se adormecía. Solo por curiosidad se me ocurrió contar los escalones. Todavía no puedo explicar el sentimiento que me arremetió al pisar el último, que nos depositaba junto a la casa, el número 99. Llamamos a la puerta, no recibimos respuesta. Decidimos dar la vuelta, y nos topamos con la escalinata hacia la terraza.
Era un déjà vu tras otro. Me sentí cómplice o tal vez asistente de aquella construcción. Ascendimos y nos topamos con el infinito horizonte. Me conmovió vivenciar el producto de nuestras charlas.

Cada pieza encajaba, no sin dejar de sorprenderme el modo en que lo hacían. Nos abrazamos por un momento.
Decidimos volver a insistir. Esta vez la puerta se entreabrió al golpearla.

Ascendimos anunciando nuestra presencia. La casa exudaba abandono. Llegamos al estar. Allí estaban esos grandes cuadros vivientes. Mientras mi mujer era cautivada por estos, yo intentaba abrir la próxima puerta.
La única cerrada con llave.
No sin mirar atrás varias veces caminamos rumbo al pueblo.
A medio camino un lugareño nos comentó que Curzio hacía varios años había muerto, allá por el 57.
No sin expresar nuestras condolencias nos despedimos.

Nunca se lo comenté a nadie, pero si de algo estoy seguro, fue de haber oído la maquina de escribir tras esa puerta. Años tardé en comprender el verdadero proyecto y propósito de Malaparte.
Construir una obra con palabras:
Una extraña edificación que se revela en paralelo y como consecuencia de una narración escrita.
Así la pensó, así la construyó, y así continua detallando desde otra dimensión, el descascaro de cada muro, el trizar de cada cristal, la erosión de cada escalón, la humedad en cada madera, la fisura de cada baldosa, el deterioro de cada una de las partes.
Tras la única puerta de toda la casa, cerrada bajo llave.



“In some way, a writer is always depicting himself, even when he describes an object, a tree, an animal, a stone.”
C.M

---------------------------------índice--------------------------------