Casa Malaparte, una casa come me

Jorge Meijide, A Coruña.



Curzio Malaparte . fotografía de Paolo Di Paolo

Una construcción singular, pintada en ocre rojo (1) , se yergue sobre Punta Massullo, entre los escarpados farallones de la costa este de Capri, a pocos kilómetros de su capital; y lo hace orgullosa, casi arrogante, con esa educada osadía que da la seguridad del creyente, del convencido; y lo hace sin pedir permiso, porque no lo necesita; y sin timidez, porque se sabe capaz de hablar cara a cara con las rocas de los acantilados, con el mar que la rodea y con el horizonte; con ese horizonte al que mira con su único ojo frontal. La casa simplemente aparece, se posa y se planta sobre el casi inaccesible farallón, y de la seguridad y la belleza con la que lo hace nace su potencia y su gran y atemporal capacidad evocadora.

Nunca he estado en la Casa Malaparte. Sinceridad ante todo. No la he visto, ni de cerca ni de lejos y menos aún recorrido sus estancias. Solo de fotografías, dibujos y relatos de otros recojo mis impresiones e hilvano mi percepción de la misma; pero no es necesario mucho esfuerzo, ni imaginación, para dejarse atrapar por su gran arquitectura, con todo lo que ello conlleva, y por la fuerza que de la casa emana; una fuerza que extrae tanto de su impresionante ubicación, como de la arrolladora y singular personalidad de su propietario, y de la emoción y pasión con la que fue pensada y construida.

El Arte de la construcción es la más alta expresión del espíritu del hombre, nos dice Paul Valéry (2) , y Malaparte, como máximo exponente del suyo propio en representación de una época, lo materializa en su construcción, en su propia casa, en una construcción que es fiel reflejo de la personalidad de su propietario. Una casa come me es lo que Curzio Malaparte le pide a Adalberto Libera que le construya en Punta Massullo a principios de 1938, poco después de comprar el terreno a finales de 1937. El escritor no le pide al arquitecto que le haga una casa para él, si no que le pide que le construya una casa como yo, una casa come me. Por eso la Casa Malaparte es Malaparte mismo. Es esa humanidad, ese propio carácter humano el que impregna toda la construcción, lo que la hace singular y lo que nos atrae. No estamos admirando una obra de arquitecto (3) , estamos admirando arquitectura. Si, como decía Platón: La materia es el receptáculo de la idea, la madre y la nodriza del ser sensible, la Casa Malaparte es su bello y verdadero exponente material, donde, parafraseando al griego, la idea del ser sensible se materializa.

La moderna villa romana que Malaparte encarga es extraña y bizarra como su habitante; es personal e intransferible; es una casa pensada para un único propietario, que se resiste a cualquier disección que no lo incluya como parte indispensable. La Casa Malaparte es algo más que un cobijo privado que resuelve la necesidad del hombre de protección y seguridad, de habitabilidad, no; la Casa Malaparte no es tampoco solo una hermosa y singular vivienda situada en un bello paraje; la Casa Malaparte es otra cosa más difícilmente clasificable, es distinta, es algo más. Y es ese algo, eso similar a lo que vemos con el rabillo del ojo, parecido a ese dejá vu de algo ya visto o ya vivido; es como ese resto de memoria evocadora que se activa al contemplarla lo que la hace compleja; compleja como su habitante, ambigua, contradictoria, cambiante y eterna. Es como una perfecta combinación entre mesura y exceso. Una casa repleta de equilibrio entre opuestos.

Malaparte era un personaje excesivo en todo, en su vida y en sus opiniones y escritos. Escritor, periodista, corresponsal de guerra, bon-vivant, intelectual, diletante de casi todo, practicante de casi todo y personaje indispensable en la Italia de aquellos años, poseía ese arrojo personal, ese coraje necesario que le hace a uno lanzarse hacia adelante, sin pensar en pisar siempre sobre seguro, saltando incluso hacia el vacío. Eso es también lo que su casa en Massullo es. Una casa con vocación de ser continuamente imaginada pero materializada. Una casa al borde de un vacío, siempre en el límite, que es, precisamente, donde las cosas se definen con nitidez, cuando se convierten en otra cosa.

Es una vivienda atemporal. La casa promete y ofrece tener la capacidad de contener y detener el tiempo. Si arriba, tras el sagrado ascenso procesional, en la extensa terraza, el viento y el sonido del mar hacen que éste esté eternamente presente y que ese continuo transcurrir se haga patente; en el interior, en esa gran estancia intermedia, de acceso más prosaico y de grandes ojos laterales, ese transcurrir desaparece, se detiene y queda suspendido e inerte; y sólo, tras recorrer el breve y singular vestíbulo en T y atravesar el dormitorio de Malaparte (simétrico al de la Favorita), cuando se llega al verdadero sancta sanctorum, el espacio más íntimo de la casa, que es el estudio, el tiempo vuelve a parecer de la mano del único ojo frontal que la casa posee y desde el que se ve el horizonte abierto del mar. Ventana frente a la cual Malaparte coloca intencionadamente su mesa y silla de trabajo.

La Casa Malaparte evoca recuerdos de permanencia, recuerdos del espíritu del tiempo, de cierta eternidad inmanente a arquitecturas del pasado (4) ; a esa permanencia que debe estar presente en toda obra de arquitectura que conlleve el trabajo que el arte demanda, tanto como labor artística, artesana, que como labor intelectual, de pensamiento; y que es la esencia misma de la arquitectura. Una llamada abierta a la inmutabilidad y eternidad de la gran arquitectura.

La Arquitectura debe ser capaz de convocar en su interior la presencia de mucho tiempo para poder llegar a ser espacio con sentido, plenamente humano, denso de significado (5).


Referencias:


(1) Pigmento al que los romanos llamaban rubrica.
(2) Eupalinos o el arquitecto, Paul Valéry, 1923.
(3) No por ello, pero la casa, proyectada inicialmente por Libera para obtener la rápida licencia, fue radical, personal y profundamente transformada por Malaparte a su conveniencia y construida bajo su dirección de la mano del constructor Amitrano.
(4) Por las que Malaparte se sentía atraído, aunque más por el concepto que por su propia construcción.
(5) Francisco Alonso de Santos, La arquitectura de Francisco Alonso: Cuatro proyectos para tres ciudades, Museo de Arte Contemporáneo, Madrid, 1994, Josep Quetglas.

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