Trayectoria de aproximación lineal

Javier Mosquera González, Madrid



Frente a la linealidad que supone una respuesta directa y acertada a una pregunta concreta, el proyecto de arquitectura ha de entenderse como un proceso de aproximación. Un trayecto que se configura desde la búsqueda de una solución guiada por la intuición y que por tanto requiere de flexibilidad por parte de quien lo realiza.

Se persigue un objetivo pero no se sabe qué forma ni qué condiciones concretas debe de tener. Así, quien se enfrenta a la tarea de proyectar realiza una trayectoria en espiral en torno a aquello que quiere conseguir pero que no sabe muy bien cómo lograrlo. Sin embargo, de la misma manera que una investigación policial trata de obtener datos que acotan y acorralan a quien comete un crimen, el proyecto de arquitectura se resuelve como una suma de hallazgos que dan coherencia a la trama global que lo configura. Así, la espiral parece acercarse cada vez más hacia ese punto central que no es otro sino la solución adecuada al problema planteado. No obstante, en ese movimiento en espiral en busca de la respuesta definitiva, también se producen idas y venidas, aparentes vías alternativas que resultan en callejones sin salida, de los que el arquitecto ha de saber escapar airoso para descubrir el final del trayecto iniciado. Resulta entonces una maraña, aparentemente confusa, en la que quien la protagoniza trata de avanzar cercando la solución final, transitando por unos recorridos que se entrecruzan, escogiendo y descartando según su criterio y su intuición.

Esta lectura se realiza desde la perspectiva de quien proyecta, y por tanto de quien es responsable último de la trayectoria de aproximación escogida para definir el proyecto adecuado. Un pensamiento propio de quien ejerce como arquitecto, detective de objetos por construir, y que sabedor de los peligros y escaramuzas ocultas en su profesión, le permite afrontar la tarea con ciertas garantías de éxito. Pero, ¿qué ocurre cuando esto ha de ser realizado por alguien que se adentra en la profesión?, esto es, un alumno de arquitectura, especialmente en sus primeros cursos.

La formación recibida hasta entonces le garantiza que, mediante la aplicación de unas técnicas concretas en las que se realizan una serie de pasos intermedios, da como resultado un objeto terminado y esperado. Es decir, si dispone de un temario específico de una asignatura y lo memoriza, hasta incluso lo razona e interpreta, en el momento de realizar el trabajo o examen final, si el objeto producido es coherente y recoge lo aprendido, es altamente probable que el resultado final sea satisfactorio. Existe por tanto una trayectoria lineal, más o menos ardua, pero en la que pueden reconocerse el inicio y el final, al tiempo que pueden identificarse los posibles problemas intermedios derivados de dicho recorrido.

Cómo afronta el estudiante de arquitectura la incertidumbre que produce el realizar un proyecto, se convierte en un ejercicio de madurez que le supone entender por primera vez en su carrera formativa, que no siempre las soluciones lineales pueden aplicarse. Y algo aún más importante, que no son garantía alguna de éxito si se ejecutan de forma unitaria y sin la búsqueda de un pensamiento alternativo que produzca otras vías por las que el proyecto pueda discurrir y encontrar así una solución inesperada.

Aparece entonces la figura del docente como aliado del alumno primerizo, ávido por desarrollar con éxito sus incipientes ejercicios en la escuela de arquitectura. Frente a la posición de superioridad que pueda otorgar la experiencia adquirida en el ejercicio de la profesión, su papel en el aula ha de ser la de un compañero de viaje en el descubrimiento de esa manera de pensar alternativa que debe aprender el estudiante. Pretender que un alumno que acaba de comenzar sus estudios en una universidad y que además debe realizar un proyecto de arquitectura, desde la mentalidad de quien ya ha realizado muchos en su vida, es un error cuya repercusión afecta directamente al rendimiento futuro del estudiante. Se corre el riesgo de la desconexión por falta de entendimiento, por falta de claridad en el proceso, por hacer más énfasis en el error que en señalar una vía posible que presente una alternativa a explorar.

Es esta tarea de guía la que el docente debe de ejercer para introducir al futuro arquitecto en los mecanismos de pensamiento propios de la práctica arquitectónica. Ha de ser consciente de las limitaciones de quien comienza pero a su vez entender que la manera de trabajo lineal tan familiar para él puede y debe ser aprovechada. Será necesario un esfuerzo por parte del docente para convertir el pensamiento lineal que busca un objeto terminado al final de una trayectoria definida, en un tramo del pensamiento de aproximación propio del arquitecto. Es decir, convertir de manera consciente el recorrido en espiral que permite descubrir la solución final, en un movimiento intermedio, compuesto por tramos lineales en los que el alumno se sienta seguro y sepa cómo afrontarlos con ciertas garantías.

Existirán entonces una serie de hitos, puntos de inflexión, ángulos que modifican la trayectoria lineal hasta convertirla en una espiral formada por tramos regulares. Dejemos pues las curvaturas y recorridos enrevesados que comienzan en un punto y no son resueltos hasta el final para cursos superiores. Esto no significa que cada uno de estos tramos deba entenderse como un lugar en el que esas idas y venidas propias del pensamiento no suceden. Al contrario, se trata de espacios en los que la libertad de movimiento del alumno existe, pero acotada entre un punto inicial y el siguiente intermedio propio de un proyecto de arquitectura, y que desde su experiencia docente y profesional, el profesor ha de ser capaz de establecer.

Así, a medida que avanza el alumno en cada uno de estos tramos, el área de movimiento es cada vez menor, ya que se aproxima la solución final del proyecto. Las pistas son mayores y el caso está a punto de ser resuelto. Es labor del docente adelantarse a los acontecimientos y establecer así los puntos de inflexión de una trama por él conocida, o al menos intuida, y que debe hacerse visible a ojos del alumno. Recordemos que los primeros cursos no deben perseguir la resolución del caso propuesto únicamente, sino que además deben enseñar a los alumnos a pensar de una manera diferente de cara a poder adquirir una autonomía suficiente para desarrollarlos por sí mismos.

Tan sólo de esta forma el trazado lineal del pensamiento inicial propio de quien comienza la carrera, se transformará en un movimiento en espiral, variable, incluso con varias rutas abiertas al mismo tiempo, que finalmente derivan en un objeto construido que responde a todas las inquietudes de quien lo proyecta. La trayectoria de aproximación lineal ha de considerarse como un paso intermedio, propio de los cursos básicos, en los que el docente acompaña al alumno en la búsqueda de las herramientas básicas que le permitirán ejercer como arquitecto en un futuro.

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