La medida de todas las cosas

Rubén Páez, Barcelona


Approaching shadow (Hong Kong 1954). Fan Ho

En el mundo sobre el que actuamos “Hay que encontrar la medida de todas las cosas”. Esta afirmación encierra un significado para la imagen del presente número de Engawa. Por un lado, los instrumentos de medida individualmente permiten acotar el tamaño de las cosas, atestiguan de la justa medida de los objetos, ordenan, pautan y permiten cuantificar las partes en relación a un todo. Por otro lado, la imagen de portada en su disposición espacial crea un sistema de medidas en la que cada magnitud se relaciona con la anterior mediante una constante, hasta definir sucesiones infinitas, como por ejemplo la espiral de Fibonacci.

Pero, si la primera afirmación del texto hubiera sido “El hombre es la medida de todas las cosas” 1), probablemente hubiéramos acudido a la filosofía griega para encontrar un significado más preciso, en concreto a la figura del filósofo Protágoras. Para éste cada individuo posee una forma de percibir distinta, cada ser percibe un mundo distinto al de otro ser. Existen, por tanto, tantos criterios distintos sobre las cosas como seres humanos. La realidad no es absoluta, sino que para cada uno de nosotros es tal como la sentimos. Por tanto “la medida” debe entenderse como forma de percibir la realidad, atrapando en cada ocasión una cierta parte de verdad. La belleza, por ejemplo, al carecer de un carácter absoluto, incidirá de manera distinta en la percepción de cada individuo. Resulta simbólico que, como la secuencia espiral que propone Dario Zeruto, este pensamiento relativista sitúe al hombre en el centro, en el que es la medida, y el cuerpo es el centro del mundo que experimenta.

Si profundizamos en la cuestión encontraremos que la relación del cuerpo con el mundo que percibimos es una pregunta o planteamiento recurrente de muchos filósofos a lo largo de la historia del pensamiento. Uno de los más contemporáneos es el que plantea la Fenomenología, de la mano del filósofo francés Maurice Merleau-Ponty. Éste aborda el papel del hombre en la percepción, situando el centro del mundo de la experiencia, y por tanto del saber, precisamente en el cuerpo humano. En su libro Fenomenología de la percepción 2, afirma: “Nuestro cuerpo es al mundo lo que el corazón es al organismo: mantiene el espectáculo visible constantemente vivo, respira vida en él y lo preserva en sus adentros y con él forma un sistema”.

La fenomenología propone una experiencia que sea pura a aquello que realmente se experimenta, aspirando al conocimiento preciso de los fenómenos. En filosofía, el fenómeno es el aspecto que las cosas tienen ante nuestros sentidos en un primer contacto o experiencia. Por tanto, es en la búsqueda de la esencia de las cosas, intentando aislarnos de todo conocimiento propio, cuando la percepción es la forma más intensa de aproximación a la realidad. Cuanto más fieles seamos a aquello que percibamos más intensa será nuestra experiencia, entendida ésta como forma de conocimiento. Merleau-Ponty lanza esta reivindicación recogida en una de sus frases más conocidas: “No hay que preguntarse si percibimos verdaderamente el mundo, por el contrario, hay que decir que el mundo es aquello que percibimos.” Quizás exista, como recoge Iñaki Ábalos en su libro La buena vida 3), un sujeto fenomenológico que piense que conoce tan sólo el hecho de su propia vida, y por tanto conozca y explique el mundo subjetivamente. Aunque pueda parecer que el posicionamiento fenomenológico sea algo individualista, sí debe resultar un reto como usuarios recuperar la complejidad de la experiencia.

La arquitectura, entendida como objeto arquitectónico, y la fenomenología se relacionan en el hecho que la primera tiene la capacidad de provocar en nosotros emociones. Ante una obra de arquitectura nos sentimos plenos cuando ésta es capaz de despertarnos los sentidos intensificando la sensación de estar vivos, y por tanto de comprender su significado. Tan importante es devolver el protagonismo al hombre que conoce a partir de la percepción, como dotar a la arquitectura de un profundo significado, más puro e intenso. Los edificios como una experiencia sensorial permite sentir al sujeto poseído por la arquitectura.

La fenomenología en la tradición arquitectónica ha tenido en el arquitecto finlandés Juhanni Pallasmaa uno de sus máximos exponentes teóricos, devolviendo el protagonismo al individuo en su experiencia con el espacio construido. La lectura de su libro Los ojos de la piel 4), resulta un bálsamo en estos días de predominancia de la imagen. Una lectura imprescindible para comprender el mundo, reivindicar el sentido del tacto y a la vez una experiencia sensorial múltiple abierta al resto de sentidos, en el que el cuerpo es el interfaz al mundo, pero también el responsable de la creación de éste.

Pallasmaa propone devolver al hombre al centro de la experiencia construida, en el que el cuerpo humano es la base de la conciencia, dándose un compromiso existencial entre el sujeto y aquello que está percibiendo: “Yo enfrento la ciudad con mi cuerpo; mis piernas miden la longitud de los soportales y la anchura de la plaza; mi mirada proyecta inconscientemente mi cuerpo sobre la fachada de la catedral, donde deambula por las molduras y los contornos, sintiendo el tamaño de los entrantes y salientes; el peso de mi cuerpo se encuentra con la masa de la puerta de la catedral y mi mano agarra el tirador de la puerta al entrar en el oscuro vacío que hay detrás. Me siento a mí mismo en la ciudad y la ciudad existe a través de mi experiencia encarnada. La ciudad y mi cuerpo se complementan y se definen uno al otro. Habito en la ciudad y la ciudad habita en mí”.

Pallasmaa sugiere entender la experiencia arquitectónica tanto a nivel físico como mental, como forma de alcanzar la plenitud de nuestra existencia. Con todos sus defectos, son los sentidos los que nos permiten percibir y comprender la escala de la ciudad, la proporción, la estructura, la construcción conceptual de los edificios, las texturas y color de los materiales, el olor, el sonido y la temperatura de los espacios, ser testigos del paso del tiempo, conectarnos con la memoria, la imaginación, en definitiva, existir ante el mundo y ser conscientes de ello.



Referencias:


(1)Protágoras de Abdera
(2)Fenomenología de la percepción. Maurice Merleau-Ponty
(3)La buena vida. Iñaki Ábalos. Picasso de vacaciones: la casa fenomenológica. Ed. GG
(4)Los ojos de la piel. La Arquitectura y los sentidos. Juhanni Pallasmaa. Ed. GG

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