80cm

Adriana Vázquez Balló, Girona

Recuerdo aquellas noches de infancia en que me escondía detrás de la puerta y miraba la televisión a hurtadillas hasta que mis padres se iban a la cama. Los pocos centímetros que me dejaban la puerta entreabierta eran una bendición para, aun de noche, relacionarme con el mundo que me rodeaba. No recuerdo si eran 5, 10 o 15 centímetros los que se quedaba entreabierta la puerta. Esto no importaba. Resultaba un juego de niños, un juego de infancia. Este espacio intermedio me hacía participe de las dos realidades independientes que allí se encontraban.

Y es que una puerta puede ser vista desde dos ópticas bien diferentes. En primer lugar, desde Una visión bastante pragmática, tal y como la describía Georges Perec: “rompe el espacio, lo escinde, impide la osmosis, impone los tabiques: por un lado estoy yo y mi casa, lo privado, lo domestico (…), por otro lado están los demás, el mundo, lo público, lo político(1)“. Por otro lado, más humanista, como un espacio intermedio que no representa el punto donde el interior y el exterior, o lo privado y lo público se diferencian bruscamente, sino donde ambos componentes se solapan. Como los lienzos de Edward Hopper en Habitaciones junto al mar (1951) o René Magritte en El veneno (1939), en los que no existe un dentro o un fuera sino que van más allá, representando un cuadro en el cuadro; difuminando lo que es real de lo que es imaginario.

En resumen, tanto una como otra forman parte de los 80cm mesurables i inconmensurables, de la dimensión humana de la arquitectura. Donde al igual que en el ser humano no existe una barrera física que divida lo emocional de lo intelectual en la arquitectura lo intermedio tendría que ser a la vez abierto y cerrado. Un espacio que se escape del testimonio y conciencia del usuario y donde el arquitecto vaya más allá de lo que estrictamente se espera que responda.

Y es que la puerta, por definición, es un concepto ambiguo, tanto divide como solapa física o espiritualmente. De aquí que pueda ser tanto mesurable como inconmensurable. Louis I. Kahn fue el primero en poner nombre a esta ambigüedad: lo citaba como lo inconmensurable (2). También, el Team X, compuesto por los arquitectos i urbanistas Jaap Bakema, Georges Candilis, Giancarlo de Carlo, Aldo Van Eyck, Alison y Peter Smithson y Shadrac Woods, estaban preocupados por satisfacer tanto las necesidades físicas y programáticas como las espirituales de los usuarios. Aquí en España, la misión de humanizar la arquitectura recayó en Jose Antonio Coderch, enlace directo entre el Team X y el Grup R catalán.


“Nuestra profesión (…) requiere tiempo, una tradición viva, respeto y conocimiento de las necesidades humanas y de la evolución de las familia. Nuestro trabajo debe asemejarse lo más posible al trabajo de quienes labran la tierra con paciencia, convicción y dignidad. Es preciso conocer al máximo los problemas de nuestro tiempo, pero también las necesidades esenciales del hombre, que no han cambiado, pues el hombre es nuestra principal unidad de medida(3)”

José Antonio Coderch, juntamente con su socio Manuel Valls, defienden des de sus inicios una arquitectura para y por el hombre. Su arquitectura indaga en los valores de la arquitectura popular y se centra en las necesidades higiénicas y espirituales del que lo habita. Creen, como su coetáneo Louis I. Kahn, en una arquitectura que fluya iniciándose con una idea, sometiéndolo a medidas y, al final, otorgándole a su arquitectura esa ambigüedad que solapa interior con exterior, lo físico con lo psíquico. Eso lo consigue con una simple unidad de medida: 80 centímetros. Éstos representaban un mundo de posibilidades. Y es que sus 80 centímetros representan sus puertas, ventanas, sus aleros, su modus operandi, en definitiva, su arquitectura.

En su obra se trabaja cada detalle de la arquitectura como si les fuera la vida. Prevalece su interés por humanizar y domesticar la arquitectura. Las puertas y las ventanas tradicionales se convierten en su elemento fetiche y continuamente indaga en ellos para adaptarlos a las necesidades del momento. Con ellos crearan espacios intersticiales, que prolongaran el interior con el exterior, i aportaran a la tradición contemporaneidad. De este modo conseguirá que las zonas intermedias no sean simples huecos sino que representen una singular manera de secuenciar el espacio y acabarlo de engarzar con el conjunto.

Con la búsqueda de lo tradicional, José Antonio Coderch y su socio utilizan geometrías poco radicales. Las plantas de muchas de las viviendas unifamiliares coderchianas se basan en el empleo del módulo de 80 centímetros de anchura de sus puertas habitaciones. En la casa Catasus y en la casa Ballvé este módulo se repite tanto en el eje vertical como en el horizontal como en vertical y, en cambio en la Casa Rozes solo le ayuda a organizar el eje horizontal de la planta. Los aleros también los dimensiona mediante ese módulo permitiendo que la ventana adquiera una tercera dimensión. De esta manera crea un segundo marco que enfoca hacia la panorámica o hacia el espacio principal del jardín, convirtiéndolo en un espacio capaz de generar sensaciones y emociones y aportando una tercera dimensión a un elemento eminentemente plano como una ventana.



No obstante, entre tanta regularidad aparece un proyecto que lleva el concepto de puerta mesurable-inconmensurable al generador de un todo. Son las viviendas de la Barceloneta (1954). En ellas, el laberinto interior aporta riqueza, crea diagonales y visuales. En este caso, la puerta se desvirtúa pero crea toda la vivienda. La puerta es la encargada de dividir diferentes espacios, generando estancias casi de la misma medida irregular y sin un uso estricto. La misma fachada es ya una articulación de puertas diluyendo lo opaco de lo vacío, la calle de la vivienda. Con las puertas diluye no tan sólo el espacio interior del exterior, sino también los espacios sin uso propio haciéndolos de una medida razonable para ser ocupados con uno uso del cual no le ha estado asignado. De esta manera, el pasillo se transforma en recibidor o en un cuarto con armarios y vestidor y se adapta a las necesidades de sus actuales o futuros ocupantes (4).

En definitiva, para José Antonio Coderch, igual que para muchos coetáneos de la época no le bastaba con responder adecuadamente al programa de necesidades dado. Para él, le resultaba imprescindible ir más allá y reflexionar sobre todo aquello que no es evidente en arquitectura. Es decir, a aquello que no es inmediato, que no es explicito, que no es sencillo, e incluso en todo aquello de lo que el propio usuario ni siquiera es consciente. Mejorar los modos de vida de las personas que equivaldría a darle forma a lo inconmensurable.



Referencias:
1) PEREC, George. “ Especies de espacio”. Ed.Montesinos, 2001; p.64
2) Un edificio debe comenzar con lo inconmensurable, luego someterse a medios mensurables, cuando se halla en la etapa de diseño, y al final debe ser nuevamente inconmensurable KAHN, Louis. “Forma y diseño”. Ed.Nueva Visión, 1984; p.17
3) Jose Antonio Coderch
4) Coderch 1913 – 1984, Ed. GG (Edicion a cargo de Carles Foch)

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