Malle/Casa

Pedro Puertas Herrera, Granada



En el Rally Dakar hay una categoría que corren algunos pilotos, seguramente aquellos que tienen menos presupuesto y más ganas de aventura, que se llama Malle-Motos.

El nombre le viene de que durante las dos semanas que dura esta prueba deportiva, los pilotos de esta categoría llevarán todo lo que necesitan para afrontar el rally en un baúl (malle).

Durante estas dos semanas su vida estará dentro de un baúl.

El hecho de comer, asearse o preparar la ruta para encarar la etapa del día siguiente, tareas cotidianas de esas dos semanas, las desarrollan junto el resto de pilotos en zonas comunes, los vivaques. Todo ello, excepto dormir, que se produce en el interior de sus tiendas de campaña es colectivo, por tanto, las relaciones sociales del individuo están garantizadas al igual que los momentos de intimidad y descanso.

Ese ir y venir para cumplir un objetivo final no se aleja mucho de la vida contemporánea del mundo común que conocemos.

Nuestras pertenencias necesarias para vivir, seguro y si lo piensas bien, no ocuparían más espacio que el de un baúl de un rally Dakar. Las relaciones sociales hoy pasan por espacios comunitarios tanto físicos como digitales que están muy alejados de los lugares de representación que nuestras casas albergaban y que ya parece ser innecesarios si tienes una buena red de vivaques urbanos que te aseguren las relaciones sociales. Y está claro que las etapas diarias de un Dakar, llena de obstáculos a resolver, podría tener un cierto paralelismo con muchos de nuestros días. Así que podríamos decir que el Rally Dakar no está muy lejos de ser una metáfora de la vida y en donde quizás podríamos pensar en un nuevo individuo donde su forma de habitar está más cerca de cualquier modelo urbano o no de vida transeúnte.

La idea de casa como el templo de la familia, de la estabilidad, de la aspiración vital, de la representación social, del símbolo del enraizamiento, sin duda y en mi opinión, está dejando paso a una idea de casa transitoria, de la necesidad, de lo vacacional y sobre todo a una idea de la casa como el lugar desde donde potenciar la individualidad.

Si hace un tiempo el peso de una casa podría ser el de la memoria de aquellos que la habitaron, normalmente los miembros de una familia, y en donde el dicho de “si estas paredes hablaran” tenía sentido. Hoy me atrevería a decir que ese peso de una casa, el peso de la memoria, debe convivir con el peso equivalente al de un baúl, el peso de la necesidad, que transita errante hacia lo inesperado.



Artículo aparecido en el número 23 de septiembre de 2018 en la revista engawa

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