REFLEJOS

Pablo Twose Valls, Barcelona

La gente sería mejor persona si viviera detrás de una pared de vidrio.

Le Corbusier


1.


Como en los últimos años el sol le despierta directamente desde el otro lado del cristal. A su lado nota la respiración dormida de su nuevo acompañante y recuerda la noche con un ligero malestar. Sale de la cama sin apenas hacer ruido, aún están los Martinis en la mesita de la sala, la ropa en el suelo y los restos de la chimenea humeantes, pero sobre todo sigue flotando en su cabeza la voz de su amigo al acostarse.

-Philip, ¿te importa si apagamos la luz? Los reflejos pueden estropearnos este buen momento-

Recuerda su cara de sorpresa reflejada en el vidrio justo después de oír esa absurda frase y la imagen imborrable de su cuerpo desnudo. Notó por un momento el frío que le subía por sus pies descalzos. Mira ahora hacia el lugar donde ayer le sorprendió su propio reflejo, pero no lo encuentra, esta mañana vista pasa de largo el vidrio y llega sin trabas hasta los árboles que se extienden más allá de su casa. La visión del paisaje le alivia.

Ayer fue de maravilla, repasa su actuación: la llegada a la casa, la procesión desde el bosque al claro, la puerta. Recuerda la cara de sorpresa de su joven amigo, su sonrisa mientras él, locuaz, enlazaba la historia de cada elemento con su propia vida. El cuadro de Poussin, el mobiliario de Mies, contaba sus preciadas anécdotas como si fueran las cuentas de un collar. Le vuelve a la memoria la brillante risa de su amigo al oír la historia de Frank Lloyd Whright y como éste le abordó en su casa un día sin avisar y le espetó justo al cruzar la puerta:

– Oye Philip, aclárame algo importante ¿estoy dentro o estoy fuera de la casa?, ¿me dejo el sombrero puesto o me lo quito? - Por supuesto no le gustó lo que vio, dio media vuelta y sin decir nada más salió sin quitarse el sombrero.

Han pasado tres años desde que publicó su casa: la glass house, desde entonces la habita intermitentemente tres días a la semana antes de volver al ruido de su oficina en Nueva York. Recuerda la emoción que sintió, el revuelo, los chismes que se extendieron sobre él y su casa, y que él procuraba avivar en todos los salones. Por un instinto innato conoce el poder de las palabras, el placer que despiertan en otros sus historias. Se repite irónico la frase de Oscar Wilde y se la encaja como quien se recoloca el nudo de la corbata, - Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen mal de ti, y es que no hablen de ti -

En definitiva, la de ayer prometía ser una gran noche más.

Va hacia la cocina a preparar café, echa una última mirada al desorden de ayer y la desvía rápidamente de nuevo al exterior. Desde aquí puede ver la otra casa, la casa de ladrillo, en diagonal justo al otro lado del campo. Siempre fue una casa partida en dos: la casa de cristal y la casa de ladrillo.

Mira el muro ciego y liso. Detrás suyo se esconde la calefacción, el contador y las habitaciones de invitados. Piensa en el túnel de instalaciones que cruza bajo el jardín como si fuera un cordón umbilical que hermana las dos casas. Sin él, piensa ahora, esta casa saldría volando.

Deja un post it en la puerta. – he salido a dar un paseo, daré instrucciones para que te lleven de vuelta a la estación, disfruta de la casa mientras tanto, Philip –

Se dirige hacia la casa de ladrillo, camina por encima del camino y se imagina el agua y la electricidad zumbando bajo sus pies. Entra por la única puerta que hay en el muro y al cerrarla le sorprende la oscuridad de la casa. Repasa las tres habitaciones. Son blancas, sin nada que llame la atención más allá de una única ventana circular que da al bosque. ¿Cómo pudo hacer algo tan anodino?

Se tumba en la cama, agotado, por un momento la sensación de desasosiego que le perseguía al despertarse desaparece.

Encerrado entre muros su pensamiento divaga, se le pasa el tiempo. Recuerda que la casa de ladrillo se acabó unos meses antes que su gemela de vidrio, la emoción que sintió al verla nunca fue real, sólo el preámbulo de la que le esperaba con la otra casa. El ladrillo era un escenario más, un muro donde ocultar todo aquello que la transparencia hacía imposible mirar directamente sin más.

Ahora era él quien se ocultaba entre estos muros de su propio reflejo. ¿porque hizo tres habitaciones de invitados allí, si siempre bromea diciendo que los invitados eran como el pescado, que al cabo de tres días ya apestaban?

De hecho, eso es lo que hacía su amigo en la cama ahora mismo… ¿Cómo pudo ser tan burdo? Arruinar la magia de la noche con una sola frase…

Descuelga el teléfono para llamar a Robert - recógele en un par de horas, dile que me han llamado de la oficina -

Corre las cortinas de la única ventana de la habitación y siente como la oscuridad poco a poco le engulle y como el sueño le cubre como un manto.


2.


Sabe que causa un temblor en la oficina cuando con media sonrisa aparta del escritorio su único libro, “El estilo internacional” y oye el murmullo que sigue cuando hace desaparecer todas las monografías de Mies del resto del despacho. Al cabo de un rato un pasante le trae con pompa un viejo libro del ecléctico arquitecto británico Sir John Soane que él mismo ha hecho traer.

Algo corre ardientemente por sus venas desde que le sobrevino esa siesta en la casa de ladrillo. Es el deseo, la sensación del cambio, de lo que aún está por llegar, pero que ya se presiente.

Se sienta dispuesto a reformar la casa de ladrillo tan solo tres años después de haberla inaugurado.

Mira los interiores de la casa de Soane. Y se sorprende por ese mundo rico sin ventanas, un mundo oscuro donde la luz resbala desde lo alto y desciende como un goteo hasta la cripta del sótano.

Al otro lado de su mesa repasa las páginas del inmenso catálogo de telas de Fortuny. Desliza el dedo por encima de ellas mientras admira las complejas filigranas de oro que recorren los tejidos.

Sueña en un interior sin ventanas, en un interior puro, donde la luz de una vela haga vibrar los patrones de Fortuny, un espacio que se incendie desde dentro. Una gruta de luz tenue aislada del mundo.

Coge sus antiguos planos, borra las habitaciones para generar un único gran espacio alargado. Después le toca el turno a las ventanas. Sin ninguna vista al exterior, así debe ser, lo contrario que la otra casa. Una fría, otra cálida, una transparente, la otra opaca, una mirando hacia afuera, la otra hacia dentro, una mental y la otra sexy.

Un lugar sexy, se dice riendo.


3.


Vuelve a mirarse en el cristal, ve sus gafas de búho en el reflejo, y su cuerpo encorvado impecablemente vestido - ya sólo soy un ridículo símbolo -

Están grabando una entrevista, donde se supone que debe sincerarse.

Ha decidido legar su casa de New Canaán al estado.

- Phillip – le dice la entrevistadora después de más de tres horas hablando - ¿Qué es lo que la gente encontrará aquí, en esta casa de cristal? ¿Qué es lo que dejas? -

Se queda pensando en todo lo que ha construido, en la emoción que sentía en cada cambio de estilo a lo largo de su carrera, el último, y quizás el más sonado, era esa masa amorfa que será la recepción de visitantes. -Mi último golpe de efecto- piensa… Pero en seguida otros recuerdos le sobrevienen, piensa en el enfado de Mies cuando le invitó a dormir a su casa - Phillip no pienso dormir en esta casa ni cerca de ella – le dijo después de varios Martinis – Piensa en las largas noches decoradas en la que llamó su “sex room” de las que apenas le quedan recuerdos. Piensa en el conjunto de las construcciones: la glass house, la casa de ladrillo, los pabellones, el estudio… Son su diario escrito en piedra.

-Nada – se oye decir – La casa está vacía-

Mira a su alrededor - cuando todo se ha hecho transparente ya no queda nada por ver (1) -
piensa un momento más.

– El paisaje. Quizás, respondiendo a su pregunta, este paisaje es lo único que dejo.


Emplazamiento de la Glass House y y la casa de ladrillo en la parcela de New Canaan, 1949


La casa de ladrillo, estado original en 1949


La casa de ladrillo después de la reforma en 1952



Referencias:


1)Roberto Peregalli, los lugares y el polvo, ed. Elba.

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