LA GRAN CONFABULACIÓN...

Félix de la Fuente, Barcelona



Consideremos a la vez la portada, que opera por superposición de regiones de color, y este dibujo a pluma que lo hace por ensamblaje de trazados. Tan alejadas técnicamente, ambas imágenes muestran un escenario urbano equívoco y amalgamado donde se desdibuja el paso de un individuo…


…AL TIEMPO QUE....
En la fotografía de portada la veladura reflectante de un vidrio superpone el interior de una habitación a pie de calle sobre el exterior con la exacta coincidencia en profundidad de ambas, de modo que el ancho de la vía se enrasa con el fondo de la estancia.
De esa coincidencia surge una extraña contigüidad, el avance de la textura espigada del suelo sobre la acera y el asfalto en un alfombrado continuo, pero simultáneamente en conflicto con los materiales «propios» de esta calle. De un modo afín, en la segunda imagen, esa continuidad que liga cuerpos entre sí hace que el trazado de la fachada en esquina a la izquierda siga descendiendo cuando debiera haber tocado tierra y se arquee según una anatomía humana.
El retrato que ahí comienza a dibujarse, o a desdibujarse, continúa su asimilación de otros elementos cuando toma como piernas los cuartos delanteros de un caballo mientras que bien pudiera, además, disponer de otras dos piernas más abstractas abiertas a horcajadas. como si montara el lomo de la plaza en toda su anchura. Estas últimas ligan el mismo trazado que con el que luego se eleva cada brazo hasta topar con el codo el fondo de la plaza. Precisamente en este tope encuentra un techo que le impide desplegar su envergadura e incluso erguirse. La profundidad se ha vuelto altura y su figura fluctúa en la extraña ambigüedad de ese cuadrante inferior derecho. Asimismo, en la fotografía, donde prima la percepción calle, la doblez donde coinciden la arista de fondo y la de la habitación reflejada nos hace ver un cuadrante ambiguo aproximadamente en la misma posición. Allí los oscuros de la habitación se reformulan como una sombra proyectada sobre la calle que resulta doblemente extraña: por no escalonarse en rejas ni aceras y por recortar claramente un skyline que no existe. Pues bien, si antes la plaza era una habitación con el techo rebajado, ahora la habitación es una sombra que se eleva.
Por lo tanto, ambas imágenes, antes que instantáneas que retratan e informan de sus reveladoras coincidencias internas, son confabulaciones desorientantes para la identidad de sus elementos que crean una cualidad quimérica en tanto que hibridan las naturalezas particulares de los objetos en una nueva significación.

…LAS VOCES Y LA HUELLA DE LO HUMANO... En las dos imágenes el propio lenguaje participa de estas chirriantes contigüidades, y ese Modern Art del mismo color que la pintura fluorescente del asfalto no se percibe serigrafiado en un vidrio sino izado a media calzada. Lo escrito se equipara a la infraestructura con la misma actitud con la que los rascacielos de la segunda imagen definen sus huecos al alojar indistintamente ventanas rectangulares, abecedarios y dígitos numéricos.

Por último, la divisoria entre luz y sombra es transitada por una mujer en la primera imagen y un hombre en la segunda cuyos cuerpos se expresan con una indefinición psicótica, más como figuraciones que como figuras. Ambas adquieren nitidez, curiosamente, al apoyarse en elementos de color negro perfectamente reconocibles: tanto las tapas de los tacones como las herraduras del caballo, claquetean un sonido cadente sobre lo visual, pero sobre todo dan pie, nunca mejor dicho, a la aparición de un individuo de paso audible que humaniza y da bríos a esa escenografía urbana por lo demás sosegadamente ajena a las personas.


…SE CONFUNDEN. Si Nietzsche no se equivocaba y «Los pensamientos son la sombra de nuestras sensaciones; siempre más oscuros, vacíos, que éstas», ambas imágenes confabulan entonces una suerte de confusión deleitante. Una con-fusión de posiciones e identidades ante la que rendir nuestras visiones analíticas con la esperanza de vislumbrar ámbitos de un mundo difícilmente enunciable; quizá ahí radique su poesía y su realidad.



Imagen:


Autorretrato en Nueva York. Federico García Lorca, c. 1929-31.
Primera edición de «Poeta en Nueva York» (Séneca, México, 1940).

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