EDITORIAL

El Teatro del Mundo diseñado por Aldo Rossi en el marco de la Bienal de Venecia de 1979, rememoraba de algún modo las antiguas escenografías y pabellones flotantes del teatro italiano del siglo XVII. Situado frente a la Dogana veneciana, el Teatro del Mundo es un ejemplo de arquitectura efímera, en el que su lento navegar lo convierte en un edificio cambiante enmarcado por la luz, los edificios, el horizonte, y por encima de todo, el reflejo. Reflejos con los que ha convivido permanentemente Venecia. Dos máximas operan en Venecia: el agua siempre busca la horizontal y si algo ocurre es que ésta se construye gracias al reflejo.

El pintor impresionista americano James Abbott McNeill Whistler, conocido por una serie de paisajes de noche de Venecia llamados “nocturnos”, afirmaba algo así como que después de la lluvia era cuando había que verla. Tras la lluvia imaginamos una ciudad en la que los edificios emergen del agua, de su reflejo. Convertidos en escenarios en los que las calles y los canales, lo pisable y lo navegable se funden. La ciudad por momentos pertenece a la laguna.

Tras la imagen propuesta por nuestro invitado podríamos afirmar que existen otros mundos en el mundo en el que vivimos y así como procuró Aldo Rossi una arquitectura como escenario para la vida, así funciona el reflejo. Como la expresión de un nuevo mundo que, pasando a ser tan real como lo reflejado, transforma la realidad que percibimos para ser vivida como nos plazca.
El presente número contiene algunas historias y ciertas reflexiones acerca de las realidades ocultas a nuestros ojos, pero presentes de algún modo.

Gracias Luis por tu propuesta y a los colaboradores por su contribución para este número que se publica afortunadamente en tiempos mejores a los pasados últimamente.

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