PLIEGO

Pablo Twose, Barcelona


“En sus mil alveolos, el espacio conserva tiempo comprimido. El espacio sirve para eso”

Bachelard

No puedo parar de mirar las caras de la fotografía y no ver la distancia que hay entre los trabajadores, y el rostro de Antinoo.

Debido al tiempo de exposición excesivo de las antiguas cámaras fotográficas cuesta percibir los rasgos de las personas que aparecen en la imagen, de hecho, muchos de ellos no han podido fijarse en la placa de la fotografía y aparecen como fantasmas.

La estatua de Antinoo, en cambio, permanece nítida y centrada en la fotografía. Como si el tiempo del escultor (1) hubiera sido mucho más generoso con él que el del fotógrafo con sus inquietos modelos.

Aún y así, la mirada vuelve hacia ellos, casi todos la devuelven, pero sólo a cuatro de ellos se les ha quedado fijada. Los ojos del resto han quedado perdidos en miradas múltiples, en vacíos y en fugas. Los dibujo. Veo en los ángulos de sus rostros historias que no puedo ver en el mármol de Antinoo.



Antinoo esquiva la mirada, parece consciente de la desnudez de su cuerpo mientras el resto lo ocultan entre las arrugas de sus ropas.

Miro el dibujo, veo que en sus caras se marcan claramente los pómulos, las cejas, la barba y los bigotes. Al dibujar a Antinoo algo se escapa. Su rostro está más lleno, suave, recuerda al de un niño más que al de un adulto.

Captar a un niño es mucho más difícil que a un adulto. Su rostro apenas tiene líneas. Con la desnudez de esta estatua, pasa igual, el mármol resbala, apenas deja espacio a la línea, sólo el contorno y los pliegues de las axilas y la ingle se dejan dibujar.



Me quedo pensando que en mis dibujos son los pliegues los que forman la imagen, son estos los que guardan la información, mientras que el resto queda difuminado en el blanco de la hoja y es quien mira el que ha de completar el dibujo.

Recuerdo un texto de Berger, aunque no puedo confirmar su autoría, donde él describía el rostro de un recién nacido. Berger comenzaba hablando de la suavidad de su piel, de la ternura de su forma, y de cómo todo su rostro despierta en nosotros cercanía, pero que si nuestra mirada se cruza con la suya él notaba que en ella algo faltaba, como si la plenitud del rostro aún no hubiera penetrado en sus ojos ya que estos miran aún perdidos sin saber ver.

Los ojos de un anciano en cambio, nos hace ver Berger, brillan entre lo más profundo de los pliegues de su rostro arrugado. Su mirada permanece viva mientras la piel se quiebra, pierde lustre, se mancha y se repliega.

Son caminos opuestos, pues los separa el tiempo.

Al igual que es el tiempo quien separa al bello Antinoo de los hombres que lo desenterraron. Es de hecho tan solo una casualidad que se encontraran, un pliegue en el tiempo.

Pienso en los pliegues, en como marcan el dibujo, y lo fijan, es como si la información se escondiera en ellos, como se esconden los años en las arrugas de un rostro.

“Lo profundo es la piel” dice Valery, aunque él no hacía referencia a las marcas de nuestros rostros si no al primer pliegue que se forma en el embrión al desarrollarse. Este primer ahuecamiento se forma igual a como lo hace una masa de barro húmeda en manos de un alfarero en su torno cuando quiere realizar un cuenco. El alfarero hunde los dedos y crea una cavidad que distingue por primera vez el interior del exterior. Así es como el embrión se divide en dos: el endodermo y el ectodermo

El pliegue habita en nosotros, esa es quizás una marca única de la naturaleza. Si viajamos a lo más profundo de nuestro propio cuerpo nos encontramos con nuestro código genético, el ADN, una espiral replegada en el núcleo de cada célula. El pliegue guarda información, cobija nuestra esencia.

El cuerpo por dentro está hecho así, lleno de pliegues, de escondites, somos la naturaleza vuelta del revés. Habita un bosque dentro nuestro, eso es lo que son las venas, los pulmones, y los intestinos y si nos acercamos un poco más aún encontraremos los pliegues de los alveolos del pulmón, o de la piel del intestino. Con cada pliegue el cuerpo se hace mucho más grande en su interior.

Quizás la vejez es el intento de devolver el interior al exterior, como la ruina lo es en la arquitectura, donde el interior y el exterior se funden de nuevo.

Pienso en las caprichosas ruinas ficticias de Soane, o los gravados de Piranesi.

La arquitectura siempre se ha definido por sus pliegues. Desde la esquina más sencilla hasta los repetidos pliegues del barroco.

El tiempo se fija en ellos, al igual que el polvo se fija en las molduras. Es algo que los perros saben, pues ellos suelen ocupar las esquinas, buscando el cobijo del tiempo.

Pienso en Carlo Scarpa, pero también en Aalto, en Siza, en Torres y Lapeña, en Miralles…

Pienso en Mies.

Llevo todo el rato pensando en Mies.

¿Dónde están sus pliegues?

¿Es su arquitectura un recién nacido? Son sus vidrios, sus mármoles, y su acero pulido el equivalente a la piel sonrosada de un bebé, y, si esto tiene sentido ¿Qué vemos al mirar su arquitectura directamente a los ojos?

Busco su casa manifiesto y la planta que publicó junto a las fotografías.



Apenas hay 4 esquinas cóncavas, son las que cierran la chimenea y las que ocultan la cocina y más a dentro los baños. Mies sólo concede crear esquinas para el resguardo del fuego y para la ocultación del desorden, el resto lo deja libre, sin cobijo alguno.

Mentiría si dijera que he vuelto a dibujar la casa Farnsworth.

Pero si la he vuelto a mirar.

Y he encontrado varios planos de detalle a los que no había prestado atención.

Por un lado, el mueble que incluye la cocina, los baños y la chimenea.

Compruebo que en su exterior el mueble es idéntico al plano publicado mientras que en el interior el espacio se retuerce y se repliega hasta acomodar lo necesario. No hace falta indicar que ambos planos no coinciden. Me gusta reseguir la línea. Pensar que también la pudo reseguir Mies. ¿Qué pensaría él de ese espacio hueco que separa la cocina de los baños?



Miro el plano detalle de las carpinterías.

Cambio de escala.

Allí aparecen de nuevo las esquinas, tantas que no las podríamos contar.

Ahora veo como se expande cada recoveco, cada esquina desde el pilar en H hasta cada pletina de la carpintería. Los pliegues habitan la línea, por muy recta que se quiera. Pero es en sus pilares, donde Mies se muestra más generoso y permite que el tiempo por un momento se aquiete al prestarle el cobijo de sus 4 esquinas.



Mies no deja de provocar preguntas.

Quizás esa es su grandeza. Que su mirada no puede captarse.

¿Quién habita esas esquinas? Vuelvo a preguntarme ¿Quién devuelve la mirada en su arquitectura? ¿Existe esa mirada, o está perdida aún como la de un recién nacido?

Cuando Edith Farnswoth habitó la casa, colocó una pareja de leones chinos esculpidos en piedra datados del 1700. Los colocó sobre la primera plataforma, custodiando la casa. Ella los veía al entrar y desde el interior de la casa.

La señora Farnsworth, quizás cansada de no tener ninguna mirada de vuelta más allá de la suya reflejada en los vidrios decidió buscar en sus ojos de piedra y en sus 300 años el cobijo y el resguardo.

Aún hoy pueden verse en la casa.



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