LO QUE LA ROCA QUIERE SER

Alberto López, Valladolid

Dice el Sakuteiki, un antiguo manual de jardinería japonés, que a la hora de colocar una roca en el jardín es necesario escuchar a la roca, es necesario saber lo que la roca quiere ser (1).

Y es que, si para Miguel Ángel la escultura estaba dentro de la roca, y la labor del escultor era la de revelarla retirando la materia sobrante que la ocultaba, para los diseñadores de jardines japoneses la roca es, podríamos decir, la propia escultura. Un elemento escultórico en sí mismo. Es, además, una escultura tallada por el mejor de los maestros, la propia naturaleza, que la presenta acabada y colocada en el mejor marco. La roca es para ellos, al igual que la imagen que ilustra este número, una escultura encontrada en la naturaleza.



Isamu Noguchi decía que el arte de la roca en el jardín japonés era el arte de su colocación, del posicionamiento que permitiera su mejor apreciación, siguiendo siempre las leyes de la naturaleza (2).

Sin embargo, como Noguchi sabía, debía procurarse antes un trabajo previo si cabe aún más importante: el del descubrimiento. El del hallazgo de la roca-escultura. Un trabajo, por tanto, de la mirada. Una mirada atenta capaz de descubrir el valor de un objeto allí donde otros no son capaces de verlo. De elegir aquello que tiene valor entre una multitud de objetos que carecen de él. Un trabajo de mitate, de apreciación. Mitate, literalmente, poner de pie la mirada, levantar la mirada. Como hizo un antiguo maestro de la ceremonia del té cuando le compró a un comerciante una de las rocas que sujetaban la techumbre de su casa. Descubrió un valor inesperado en un objeto inesperado, en un lugar inesperado (3).


Al igual que ocurre con una escultura, con un busto de mármol, por ejemplo, la roca tiene parte delantera y trasera, parte superior e inferior. Y al igual que no colocaríamos un busto cabeza abajo la roca debe colocarse en su debida posición.

Esto lo sabía bien Shigemori Mirei y lo demostró en los numerosos jardines que construyó a lo largo de su vida. Así lo hizo, como en pocos, en el Jardín de los Cuatro Dioses en el monasterio de Sekiz?-ji, en el que son las rocas las que dan cuerpo a cada uno de estos dioses protectores. Rocas negras para la Tortuga Negra. Rojas para el Fénix Escarlata. Verdosas para el Dragón Verde-azulado. Blancas para el Tigre Blanco.

En el jardín de Sekiz?-ji, la roca, su verdadera naturaleza, ha sido descubierta. Y es que la roca, no era tal. Era el cuerpo de una tortuga, el ala de un fénix, la cabeza de un dragón, la cola de un tigre. Shigemori ha hablado con la roca. La ha escuchado atentamente. Ha mirado en su interior. Cada una de ellas le ha dicho lo que era. Cada una de ellas le ha confesado, finalmente, lo que quería ser.






Referencias:


(1)TAKEI, Jiro y KEANE, Marc P. Sakuteiki, visions of the Japanese garden: a modern translation of Japan's gardening classic. Tokyo: Tuttle, 2008, p.4.
(2) NOGUCHI, Isamu. The Isamu Noguchi Garden Museum. New York: Harry N. Abrams, 1987.
(3) ITOH, Teiji. The elegant Japanese house: traditional Sukiya architecture. New York: Weatherhill, 1982, p.68.


Imágenes:


01. En primer término, a la derecha, Isamu Noguchi, a la izquierda, Shigemori Mirei, en el centro y detrás de ellos, Shoji Sadao, colaborador de Isamu Noguchi y de Buckminster Fuller; levantando una roca que emplearían en el jardín de la Sede de la Unesco en París
02. Nobuo Sekine. Phase of nothingness, 1969-70. Pabellón de Japón de la Bienal de Venecia de 1970
03-04. Mirei Shigemori. Jardín de los Cuatro Dioses en el templo Sekiz?-ji, 1972 (fotografías del autor del texto). Imagen superior: a la izquierda, el Fénix Escarlata; a la derecha, el Tigre Blanco. Imagen inferior: en primer término, el Dragón Verde-azulado; al fondo, la Tortuga Negra

---------------------------------índice-----------------------------