LA MILONGA DEL TRUEQUE (1)

François Guynot de Boismenu, Conflans Sainte Honorine



Imagen de un catálogo de boleadoras, “Uruguay” de W.H. Koebel, 1911.

1. Trueques y huellas.

Cuando las heladerías cerraban en invierno, me era difícil comprender por qué el precio de los helados subía de un año al otro. Ciertas primaveras el precio del cucurucho de fresa y limón se multiplicaba por 3.

Esto no era lo único que me sorprendía en el complejo y abstracto ecosistema urbano. Lo rural era más fácil de entender para un niño, la producción agraria estaba más próxima y todo intercambio tomaba aires de trueque.

Cambiar una cosa por otra, sin mediar la intervención de dinero, era corriente en el mundo rural y mucho más concreto que la galopante inflación urbana. Además, esta actividad generaba intercambios improbables y muy graciosos, como el trueque entre una bicicleta por un caballo, una casete audio de Frank Sinatra por una bufanda, unos cueros de oveja por una máquina de coser o una lata de dulce de membrillo por una silla hecha con los huesos de la cadera de vaca y unida con tientos de cuero. (2)

Estos intercambios siempre dan justo, está claro que lo justo depende de donde uno lo mire. Por ejemplo, para mí el cambiar una radio usada, de marca Sony portátil de 4 bandas TR-1000 del año 1970 que me había regalado mi padre, por una piedra de boleadora en granito gris azul encontrada en el campo, fue un gran negocio.

Para mi padre fue pésimo trueque, pero para mí tener en mis manos una piedra de 322 gramos y de 67 mm de diámetro, quizás tallada en los años 1500, era algo vertiginoso.

El capataz de la estancia veía la radio como una ventana al mundo y una buena compañera para sus horas de reposo, yo veía en esa bola de piedra la presencia física de un tiempo pasado y las múltiples ausencias imaginables. Ella era lo más próximo a una ruina que yo había visto hasta ahora, la radio en cambio no iba a ser más que un escombro, definitivamente el trueque fue justo. (3)

Esta es la clave del éxito de un trueque, que cada parte se sintiera ganadora con dicho cambio. La piedra tenía forma esferoidal con surco completo de 5 mm de profundidad, siguiendo el eje de rotación de la pieza y presentaba la superficie redondeada por pulido. Me atraía menos lo que aún existía que lo que faltaba, lo que había desaparecido irremediablemente. “Reconstruir todo desde la huella”, encontrar el estado inicial a partir del rastro dejado por el pasaje del tiempo, fue en los días siguientes al trueque mi terreno de juego predilecto. (4)

Lo primero que se me ocurrió fue ir a buscar la segunda piedra, en mi imaginación las boleadoras siempre tenían dos piedras. Luego de la búsqueda infructuosa, encontré información sobre ellas en la biblioteca familiar.

Había tres tipos de boleadoras, con una piedra (llamada bola perdida), con dos (llamada ñanducera) y con tres (llamada las tres Marías). (5)

Como yo solo tenía una piedra, me dije que esta seria del primer grupo, también llamadas “piedras de honda” o “bola arrojadiza” y las más corrientes en Uruguay. Yo llamé a la mía “bola encontrada”. Una vez atada a una correa de largo variable (entre 1 y 4 metros) la boleadora se lanza dirigida a la presa, para que los tientos se enreden alrededor de sus patas.

Conservándola empuñada en su extremo, se la usaba como una especie de maza de mango flexible, para luchar cuerpo a cuerpo. En el otro extremo de la cuerda estaba provista de un manojo de plumas de avestruz que guiaba su vuelo hacia el objetivo y que permitía encontrarla más fácilmente. Para la confección de los torzales o sogas se utilizaban los materiales más aptos y abundantes, como el cuero de potro, de venado, de puma o tendones y nervios de avestruz. Por lo general, las sogas eran de uno, dos o tres tientos, según el grosor, e iban retorcidas o trenzadas.

Como mi piedra tenía un surco profundo, seguramente tenía un cuero por su alrededor que se ajustaba fuertemente y que se unía al extremo del torzal. Así fue como emprendí la tarea de completar esta arma que me trajo el tiempo y un trueque. El único cambio que hice fue el uso de una simple cuerda de sisal de 4 metros de largo, atada a la piedra y con un nudo en el otro extremo. En una danza centrípeta empecé a revolear mi boleadora.

Me impacto la energía que esta arma podía generar y luego escuche el zumbido generado. Este parecía venir de tiempos lejanos, como un dialogo entre el hombre que fabrico dicha arma, sus presas, sus enemigos y ahora yo. Todo enlazado por esta música áspera, continua y monótona. La boleadora resulto ser también un instrumento de viento que utiliza la fricción del aire para producir sonido. Un rugido similar al viento y al trueno cuando esta golpea el suelo. Un arma sonora de caza ancestral, donde música y danza establecen una alianza para desgracia del animal.



Caza de avestruces, Emeric Essex Vidal, 1816

2. Una ficción dentro de otra ficción.

En la ciudad de Santa María, imaginada por Juan Carlos Onetti, eran corrientes los trueques, el más insólito fue el que hicieron la empresa de construcción Larsen y el arquitecto Díaz Grey.

La empresa tenía poca liquides, pero era propietaria de una gran parcela situada en la plaza mayor, y el arquitecto como era su costumbre buscaba trabajo. El acuerdo consistía en realizar un proyecto de 22 pisos de oficinas sobre una galería comercial de tres pisos de altura ajustándose a lo prescripto por la norma para la ordenación de la plaza. Y a cambio la empresa cedía un piso completo al arquitecto como pago de sus honorarios.

El negocio inmobiliario fue un éxito comercial, estéticamente a la mitad de la población le gustaba el edificio, la otra mitad lo odiaba. El día de la inauguración el arquitecto Díaz Grey descubrió sorprendido que la empresa había construido una planta de más, veintidós para ellos y una para él. Este trueque no declarado creo la primera jurisprudencia para otros múltiples proyectos, todos ellos basados en construir un cierto porcentaje de más para pagar honorarios o comisiones.
Como estos metros cuadrados eran ilegales y no podían ser vendidos, se creó un mercado paralelo de trueques. Esta ciudad termino siendo un palimpsesto, donde se superpusieron intercambios legales y trueques no declarados. Santa María es la única ciudad donde los honorarios están construidos y las deudas son baldíos.


3. Desenlace.

Me gusta imaginarme al tiempo como un gran mar, que se pone en movimiento gracias a las fuerzas gravitacionales, al viento, a los cambios de temperaturas y a la rotación de la tierra. Como el mar, el tiempo fragmenta nuestras memorias, nuestras arquitecturas en ruinas y escombros. Lo que encontramos y recordamos está siempre incompleto. Necesitamos palabras, historias y ficciones para aglomerar el pasado.

En 1881, el primer ministro griego, Aléxandros Koumoundhoúros, trocó un permiso de excavación en Delfos, a cambio Francia debía apoyar sus reivindicaciones territoriales. Tres años después Théophile Homolle descubrió la estatua incompleta de Antinous. (6)
Las mareas del tiempo-mar me dejaron pedazos dispersos por la costa de esta engawa, como el sitio mítico de Delfos, historias de trueques, una piedra de boleadora, una ficción dentro de otra, una milonga y una queja borradas.





Referencias:


(1)«Milonga» significaba en el lenguaje quimbunda, «palabra», y por extensión «palabrerío».
(2) Kyle MacDonald, se hizo famoso por haber logrado, mediante una serie de trueques con un sujetapapeles rojo, obtener una casa en la ciudad de Kipling, Saskatchewan. http://oneredpaperclip.blogspot.com/
(3)“La contemplación de las ruinas nos permite entrever fugazmente la existencia de un tiempo que no es el tiempo del que hablan los manuales de historia o del que tratan de resucitar las restauraciones. Es un tiempo puro, al que no puede asignarse fecha, que no está presente en nuestro mundo de imágenes, simulacros y reconstituciones, que no se ubica en nuestro mundo violento, un mundo cuyos cascotes, faltos de tiempo, no logran ya convertirse en ruinas. Es un tiempo perdido cuya recuperación compete al arte.” Marc Augé, El tiempo en ruinas [2003], trad. de Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar, Gedisa, Barcelona, 2008.
(4)El chino del dolor (1983) Peter Handke.
(5)Etnología indígena, los Charrúas a principios de este siglo. (1891) Eduardo Acevedo Diaz.
(6) Un favorito del emperador romano Adriano, Antinous nació en Bythinia. Después de su muerte accidental en el Nilo a la edad de 20 años, Adriano estableció su culto en todo el mundo romano. La estatua de Delfos, que se encuentra en su lugar (foto propuesta por Ex Figura), pero sin sus antebrazos, es una de las representaciones más famosas de este joven y apuesto efebo.

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