Guardianes del tiempo

Florencia Köncke - Elías Barczuk, Barcelona



Figura 01. La protección del David de Miguel Ángel durante la Segunda Guerra Mundial, 1940.

Sin ánimos de entrar en una infinita discusión laberíntica, el razonamiento de esta reflexión no pone en tela de juicio la veracidad o precisión de la siguiente frase. Más bien, la usufructúa en pos de germinar un pensamiento crítico algo más contemporáneo. Comenzamos a tomar consciencia de que la historia la escriben los vencedores cuando George Orwell imprimió a fuego dichas palabras en 1944 para la revista británica Tribune. Comprendimos la trascendencia del mensaje cuando Winston Churchill lo repitió, tan sagazmente, un tiempo después. Casi ocho décadas más tarde, la colaboración entre una fotografía de antaño y la fuerza de esta sentencia nos permite abrir algún otro nuevo camino.



Figura 02. Mina de sal de Altaussee, 1945.

Vencedores y sobrevivientes son dos términos que, en esta ocasión, pueden funcionar bastante bien como sinónimos. Analizar la historia en su completitud desde este punto de vista no parece ser lo indicado. Sin embargo, en el caso de las obras de arte, sí que hay unos especímenes que, por más que merezcan algo más que eso, son susceptibles de formar parte de esta pequeña colección y sustentar este argumento. Los itinerarios recorridos por las obras de arte suelen ser más bien un intríngulis difícil de descifrar que un paseo relajado por un prado paradisíaco. Por más diversos finales que cada una de ellas haya sufrido suelen tener algo en común. Y es que si llegamos a conocerlas es porque tuvieron la bonanza de sobrevivir. En este sentido, estos seres inertes pudieron haber llegado hasta nosotros por una sumatoria de suertudas casualidades, pero en la mayoría de los casos lo hicieron porque uno o algunos decidieron otorgarle el valor que tiene. Y, en esa decisión, incluyeron, como parte de su pronunciamiento, el hecho de hacer todo lo que haya estado a su alcance para que la obra subsistiera. Si bien en la cotidianeidad de los días no lo tenemos demasiado presente, la decisión de preservar un objeto conlleva un sinfín de responsabilidades. Las obras de arte, además de ser testigo y fiel exponente de la cultura de un momento, tienen la capacidad de contar historias. Sin embargo, su mortalidad acostumbra a limitar la evangelización de estos cuentos. Preservar es, al final, decidir qué historias queremos contar.



Figura 03. Esculturas enterradas en el Parque bajo de Peterhof, 1944.

Algunos instantes de nuestros tiempos fueron, sin dudar, oportunidades serias en las que urgió replantearse dicho asunto. El caso del descubrimiento de la estatua de Antinoo en el templo de Delfos en 1894 nos abre muchas puertas. Su descubrimiento último desvela una obra que, luego de infinitas horas de pulido, derrumbes en ciertas incursiones bárbaras, extremidades perdidas, contadas erecciones y traslados estratégicos, ve la luz y cumple el propósito primero de su entierro. Los anónimos protectores del monumento, ante la inminente destrucción de obras producidas por los iconoclastas cristianos de los años 380 dc, decidieron que Antinoo tenía todavía historias que contar (ver portada). La Galleria dell´Accademia decidió, por la magnitud de sus dimensiones y falta de recursos para su desplazamiento, envolver al David de Miguel Ángel en una tela cubierta de ladrillos, sacos y una ingeniosa estructura de madera en tiempos de invasiones y bombardeos en Florencia (ver figura 01). Durante la misma Segunda Guerra Mundial, el extenso complejo de minas de sal en Altaussee sirvió como un enorme depósito de tesoros artísticos de iglesias, monasterios y museos austriacos atracados por los nazis. Ni siquiera la orden posterior de Gauleiter August Eigruber de hacer estallar la mina logró enmudecer estas voces (ver figura 02). En la década del cuarenta, el Gran Palacio de Peterhof, a pesar de haber evacuado unos catorce mil objetos de arte, se vio obligado a enterrar las esculturas restantes en el parque y ocultar estatuas de bronce en el túnel de la Gran Cascada. El incendio provocado por el ataque tampoco pudo ocultar la versión de los hechos que estas reliquias aún hoy nos siguen contando (ver figura 03). Durante la guerra civil española, el Comité de Reforma madrileño defendió, como único componente sobreviviente de un ataque de la aviación franquista, la fachada del Palacio de Marqués de Torrecilla (ver figura 04). Pinturas, esculturas, estatuas, monumentos y arquitectura, todas con la capacidad intacta de describir estilos, disponer tipos, calificar épocas y contar relatos. La pequeña colección generada nos sugiere algunas preguntas acerca del futuro de este arte que es cultura, que es historia y que cuenta historias. ¿Quiénes son los vencedores de hoy? ¿Cómo está siendo contada nuestra historia? ¿Queremos que sigan siendo los mismos? ¿Podría ser más democrático, colectivo e inclusivo el modo en que decidimos que historias contar? ¿Qué estamos haciendo por ello?



Figura 04. Fachada del Palacio del Marqués de Torrecilla durante la guerra civil española, calle de Alcalá, 1938.


Imágenes:


Imágenes:


1.Fuente: Extraído de la exposición Architecture in Uniform curada por Jean Louis Cohen.
2.Fuente: Dominio público.
3.Fuente: Museo-reserva estatal de Peterhof.
4.Fuente: Ministerio de Cultura.

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