EL MONSTRUO DE FRANKENSTEIN

Rubén Páez, Barcelona



No se si tenemos la total certeza, pero morimos. Nos descomponemos. No perduramos, sin bien es cierto que a lo largo de los siglos hemos podido llegar a creer que a lo mejor no morimos. Quizás los hallazgos suponen la constatación de que formamos parte de un proceso superior, continuo, infinito y hasta cierto punto incomprensible, y que la arqueología es la disciplina que nos intenta explicar el contexto pero también el significado intelectual de los descubrimientos. En este sentido sorprende la instantánea del hallazgo por la aparente paradoja que en ella se produce. Un lugar más o menos contemporáneo en nuestro tiempo, la ciudad de Delfos en 1894, delfios de rostros enjutos, de miradas severas, de tez bruna en contraste con el sensual y angelical rostro de una estatua de más de 1800 años de antigüedad. Por otro lado, la luz de un mármol blanco, brillante, puro haciendo frente a la oscura fealdad de unos hombres “modernos”.

La representación del bello esclavo Antínoo de Bitinia es la de una elegante figura romana encarnando los más puros cánones de belleza griega; la expresión de la hermosura extraordinaria entendida casi como divinidad. La prueba de la bondad absoluta que vincula lo bueno con lo bello. Esta idea, que podría inscribirse en el idealismo filosófico alemán del siglo XIX y dar sentido al movimiento romántico coetáneo, también reafirma la versión platónica de belleza y bondad. Una máxima todavía hoy vigente en nuestra sociedad y que a su vez sigue promoviendo el juicio ético-estético de todo lo que nos rodea.

En ese contexto y bajo esos postulados morales se escribe una de las primeras obras literarias mal llamadas de ciencia ficción: Frankenstein o el moderno Prometeo (1), de Mary Shelley. De esta tragedia en forma de cuento largo e impregnado de elementos propios de la literatura romántica conocemos más las adaptaciones cinematográficas o teatrales que la propia obra literaria de la autora, escrita en 1817. Ese desconocimiento de la historia nos ha hecho creer, erróneamente, que el título del libro corresponde al nombre del monstruo, cuando en realidad hace referencia al apellido de su creador, el Dr. Víctor Frankenstein. Lo único que tenemos claro es que Frankenstein, a pesar de todo y aún desvirtuado de su concepción original, forma parte de nuestro imaginario colectivo como imagen de la monstruosidad. En el libro, la escritora contrapone la lindeza del monstruo, o la ausencia de ésta, con el concepto ideal de lo bello. Su contenido resulta complejo y aparecen múltiples ideas: la moral en la ciencia, la creación y destrucción de la vida, el cuestionamiento de la posición privilegiada del hombre en relación a la naturaleza o incluso la rivalidad del hombre versus el poder ilimitado de Dios. Más allá de esas ideas, para muchos la obra esconde y refleja metafóricamente la estremecedora vida de la autora. Una vida de anhelos, dolor y pérdida iniciada con la trágica muerte de su madre durante el nacimiento de ésta.

La obra permite explorar y aproximarnos a la experiencia estética del romanticismo y como éste utiliza el concepto de lo sublime para hacer nacer una nueva imagen alejada del concepto bello que proponía el clasicismo imperante. La experiencia del terror, la oscuridad, la noche o las tinieblas fueron parte integrante de la nueva literatura del siglo XIX. Ésta rompía con lo establecido y utilizaba una nueva estética como representación de un posicionamiento de rechazo a los ideales de progreso de la época.

En la historia, ubicada en Ingolstadt, el primer encuentro entre sus habitantes y el monstruo es una huida despavorida de éstos ante la deformidad de su rostro. La escritora caracteriza al personaje con todas las virtudes humanas, pero es, única y exclusivamente por su condición estética el motivo de ese primer rechazo. Si volvemos a la imagen de portada podríamos hacer el símil e imaginar al bello Antínoo despertar de su letargo milenario, abrir los ojos y huir despavorido colina abajo ante las miradas desafiantes de unos extraños habitantes de rostros antiestéticos.

Mary Shelley a través de la literatura hace que el monstruo hable y pueda contar su trágica existencia. Una historia amarga y desdichada que sin embargo deja entrever una belleza que se escapa por la fealdad de su imagen. Tras esa apariencia se esconde otra forma de sublimidad atrapada. La escritora intenta demostrar y defender en su obra la división que existe entre los valores sociales e individuales, aceptando que, si un valor no se aplica en lo individual, no se ejercerá nunca en lo colectivo, refiriéndose a los valores de lo bello, de la bondad o de la gracia...

Más allá del valor moral que pueda contener la belleza, el hombre es ante todo un ser que siente. Y siente placer o desplacer ante la contemplación de los objetos bellos que encuentra a su alrededor, generalmente la naturaleza o el arte. Ese sentimiento estético, enmarcado en el mundo sensible de los fenómenos físicos perceptibles que Platón anunció en la teoría de las ideas, es el que nos permite el encuentro con lo bello: la experiencia estética. La condición estética ha ido cambiando, la percepción de ésta se ha vuelto permeable a la sociedad y a los estados de opinión. En el siglo anterior, con el arte contemporáneo como punta de lanza llegó un nuevo enfoque, el de utilizar lo bello o lo feo indistintamente con el objetivo de ir más allá de lo sensible, entrar en el terreno de la experiencia estética y de las emociones. El verdadero esfuerzo no es guardar impresiones sobre aquello que nos rodea, sino participar en su descubrimiento, y sobre todo en su creación.

Si uno no tiene contacto con lo bello, está incompleto”, esta frase del escritor Manuel Vilas en una de las numerosas presentaciones de su última recopilación poética titulada Roma (2), sirve de alegato para intentar descubrir la belleza en cualquiera de sus formas: un atardecer, una obra de arte, un paisaje o la propia poesía. Roma, lugar que da nombre al título de esta obra. Capital que forjó la idea de que su poder podía durar eternamente. Fue el poeta latino Albio Tibulo quien acuñó el término Ciudad Eterna para referirse a ella. Roma, tras milenios a sus espaldas sigue exultante y rebosante de una belleza suprema en cada uno de sus rincones. Percibirla exige recorrer su trazado y sus monumentos apelando a nuestro propio cuerpo, sentirla para descubrir su inconmensurable bellezza. El arquitecto Juahani Pallasmaa nos cuenta en su libro Tocando el mundo (3) que, al entrar en una ciudad por primera vez, captamos su carácter global sin haber analizado conscientemente ni siquiera una sola de sus innumerables propiedades materiales, geométricas o dimensionales. Quizás existe una impresión en Roma que precede a todo reconocimiento definido: la belleza de una ciudad imperfecta o como relata también el arquitecto Luís Martínez Santa-María en su obra Superposiciones (4), “Roma es la ciudad más bella del mundo porque no es bella, porque está llena de yerro”.

Volviendo al personaje protagonista de la historia, la escritora utiliza la estética de lo extraordinario o sublime para crearlo como encarnación de una nueva concepción estética. Resulta interesante descubrir como lo bello es desplazado por lo sublime, y lo que debería haberse convertido en un ideal de magnificencia deja entrever un monstruo, y lo que pretendía inspirar amor provoca terror. Los conceptos sublime y bello ya previamente los había desarrollado en profundidad el estudioso Edmund Burke en el libro De lo sublime y de lo bello (5). Si bien su autor fue conocido más por su faceta de político del ala conservadora en la Inglaterra del siglo XVIII, Burke también escribió diversos libros en el ámbito filosófico de la estética que reflexionan y vinculan la belleza a conceptos como el placer o el sufrimiento. Algunos han definido sus ideas como el antecedente de la estética kantiana. Su idea fundamental es considerar que la esencia de lo bello es la síntesis de sujeto y objeto.

“No encontramos un objeto bello a base de dedicarle mucha atención y de investigarlo mucho; la belleza no exige auxilio de nuestro razonamiento; nada tiene que ver tampoco la voluntad; la aparición de la belleza causa en nosotros un grado de amor, en la misma medida en que la aplicación de hielo o fuego produce la idea de calor o frío.”

Para Burke queda claro que la belleza no es una idea que se pueda medir, ni tiene nada que ver con la geometría o la proporción. Incluso rechaza que la perfección sea la causa de ésta. Más bien está vinculada a lo emocional, y que lo que muestra, y la pasión causada por ésta, son distintas del deseo. Eso explica que la belleza no siempre excite el deseo. Algo que se disfruta por sí mismo y que no necesariamente se quiere poseer, eso es la belleza. Otra idea que se extrae de los textos de Burke es que la experiencia estética determina que lo realmente importante no son las características de aquello que contemplamos, sino el efecto que la contemplación produce en nosotros. Contemplar algo bello se torna placentero, nos produce un estado de gozo, por tanto la belleza como ideal, solo estará en aquello que nos rodee y nos produzca placer.

Lo sublime y lo bello son conceptos fundamentales para describir nuestra experiencia estética del mundo que percibimos. Todo lo que nos rodea, sea natural o creado está llamado a poner en alerta nuestra percepción, nuestra sensibilidad al placer o por el contrario nuestra capacidad de soportar dolor. Burke asocia lo sublime a la idea de grandeza, y sobretodo a la grandeza que tiene origen en la naturaleza. Una naturaleza indómita como la de la oscuridad de un bosque, la de la profundidad de un océano, la de la caída de un acantilado o la de un mar embravecido…Toda experiencia sublime requiere enfrentarnos a un cierto grado de peligro y conlleva ponernos al frente de la amenaza que supone. Según Burke: “…la oscuridad, la presencia de un poder superior, la infinitud, la magnitud, son algunas de las características que contribuyen al desarrollo del sentimiento de sublimidad. Sin embargo, la delicadeza, la suavidad, la gracia de formas contribuyen a despertar en el espectador el gusto de lo bello”.

Lo sublime transciende y edifica, pero también puede manifestarse en todo aquello que puede producir terror. Lo bello y lo sublime comparten una característica, afectan a las pasiones. Todo lo que conmueve provoca una reacción y el límite entre ambos conceptos se difumina. En toda belleza se congracia también un terror inmenso, precisamente porque esa fina frontera entre lo sublime, el terror y la belleza se diluyen. Burke afirma: “…todo lo que es de algún modo terrible es una fuente de lo sublime, entendida como la emoción más fuerte que la mente es capaz de sentir”.

A veces nuestra alma deja entrever la oscuridad, como si por accidente, estando en el interior de una habitación, a oscuras, de pronto se abriera una puerta de par en par y revelara algo que se suponía que nadie debía ver. El monstruo de Frankenstein por su apariencia actúa de manera análoga al terror, pero no solo lo sublime se encuentra en su imagen terrorífica. También hay sublimidad en su interior de extraordinaria belleza; una belleza que esconde la muerte en ella, probablemente porque es el mejor intento de anularla, de esconderla en lo más profundo de lo bello.


Referencias:


1. Shelley, Mary. Frankenstein o el moderno prometeo. Editorial Cátedra 2007
2. Vilas, Manuel. Roma. Colección visor de poesía. Visor libros 2020
3. Pallasmaa, Juhani. Tocando el mundo. Poliédrica #1. Ediciones asimétricas 2019
4. Martínez Santa-María, Luís. Superposiciones. conarquitectura ediciones 2018
5. Burke, Edmund. De lo sublime y de lo bello. Alianza Editorial 2005


Imágenes:


Imagen 01. Collage S/T. Ilustración Frankenstein de Bill Sienkiewicz + imagen de portada Engawa 28

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