DESNUDOS

Samuel Laguarta Madrid, Igualada

VVestir es dar respuesta a la desnudez. La acción no puede existir sin un estado previo de despojo, de necesidad o de desabrigo. En su primera acepción, vestir es el acto de cubrir o guarnecer algo para su defensa o adorno. En el caso de los humanos, el ejercicio insigne es tapar el cuerpo con vestimentas; dado que, por naturaleza, somos seres vivos desnudos. El interés recae en la desnudez, en la situación previa al vestir, ya que en muchas ocasiones nos desvela el porqué de esa necesidad. Las personas, la casa y la calle han reconocido abiertamente haberse vestido, pero pocas veces han asumido la previa condición de despojo.

La moda se ha apropiado, en gran medida, del vestir como arte. La cotidianidad de la acción favorece a pasar por alto su potencial. Lo que parece haber nacido para el confort es, al mismo tiempo, una interacción constante con el entorno. Vestir no solo afecta al que lo practica, sino que manda un mensaje tanto hacia el exterior como hacia el interior. Es por eso que, el estar desnudo, puede confundirse con un carácter incompleto o una condición de fragilidad.



Jan Brueghel the Elder, Peter Paul Rubens, The Garden of Eden with the Fall of Man, c. 1615

La primera sensación de desnudez se encuentra en el Génesis(1). Al séptimo día, Dios crea a Adán a imagen y semejanza y lo coloca en el Jardín del Edén. Junto a Eva, comen de la fruta prohibida y son expulsados del paraíso. El aura y la protección de Dios se deshacen, tomando conciencia de su fragilidad y la consecuente implicación moral. Como narra Rudofsky (2), este incidente es el inicio de la necesidad de vestir con el que la historia de la humanidad ha batallado durante milenios. Desde este primer encuentro con las sensaciones propias, la ropa ha ocultado el cuerpo humano, tapando la belleza de las formas y reforzando el deseo de descubrir lo que hay debajo. Adán y Eva descubren la vergüenza desde el pecado y se visten para enmendarlo. La nueva piel no responde al confort térmico, sino que parece paliar la sensación de desnudez recibida como castigo divino.

Hasta llegar al Medievo, el ropaje da respuesta a los estímulos térmicos y se aplica principalmente al cuerpo humano. Algunos tejidos se empiezan a utilizar como colchones y mantas tanto para ablandar el suelo como para mantener el calor. Durante la Edad Media, la aplicación de las normas sociales afecta también la manera de vestir. Estar desnudo, o mal vestido, no solo atañe al implicado sino también a su observador. Solo los ricos pueden permitir cubrirse de capas como cebollas y rematar el atuendo con la piel de animales exóticos. La desnudez no es solo física, sino social. Aparecen el sombrero, el gorro, el hennin y los poulaines, todos ellos para cubrir la cabeza. El hecho de vestir la testa durante todas las actividades cotidianas, implica el descubrimiento de otro tipo de desnudez: la necesidad de identificar y clasificar socialmente a cada individuo.

Tras llevar al extremo el vestuario como identidad social, la Baja Edad Media ya goza de pequeños intentos de vestir la casa. Algunos tapices cuelgan de las habitaciones, pero su función es abrigar las paredes para mejorar la sensación térmica; no es hasta años más tarde que estos empiezan a entenderse como decoración. La casa medieval, de carácter público, debería entenderse como un espacio desnudo por los escasos tejidos que cuelgan de ella, que pertenecen más a sus habitantes que a la propia vivienda. Los ropajes que aparecen en los interiores son una extensión de los vestidos de sus inquilinos. La casa aún no es consciente de su desnudez, debido a su falta de carácter doméstico y a la escasa empatía con las personas que la ocupan.


“Dado que la autoconciencia de la gente medieval era escasa, los interiores de sus casas estaban desnudos, comprendidas las salas de los nobles y de los reyes. El amueblamiento interior de las casas apareció junto con el amueblamiento interior de las mentes”

John Lukacs, “The Bourgeois Interior”, American Scholar. Otoño 2014. pág. 622

Como bien desarrolla Rybczynski (3), es importante remarcar el cambio que se produce entre la casa pública medieval y el pequeño hogar privado donde vivían las familias neerlandesas a finales del s.XVII. Las casas empiezan a segregar el espacio de trabajo del hogar. Por consecuencia, la vivienda antes frecuentada por multitud de personas, pasa ahora a ser un espacio privado. El núcleo familiar establece una relación mucho más íntima con el lugar, desarrollando los primeros indicios de domesticidad. En el momento en que la familia se hace suyo el espacio, se da cuenta de su desnudez. El comercio marítimo les convierte en una de las mayores potencias internacionales y uno de los productos más llamativos que empiezan a importar son, entre otros, las alfombras turcas. Por primera vez, estas no llegan a Europa para vestir a los neerlandeses sino el interior de sus casas. Los tejidos, de colores vivos y confeccionados a mano, los extienden sobre mesas, sillas, bancos y suelos, no para paliar el frío sino para realzar el vínculo con el interior de la vivienda. Lejos de los recargados interiores franceses, los neerlandeses colocan pocos muebles, de calidad y en lugares concretos. La Edad Moderna descubre la casa como un espacio íntimo desnudo, ligada al carácter familiar. Los vestidos empiezan a alejarse del cuerpo humano para identificar la apropiación del hogar.

A finales del s.XIX, las casas americanas y europeas empezaban a llenarse de complementos para facilitar las actividades domésticas como cocinar, lavar, planchar o coser. Gracias a Nikola Tesla, el motor eléctrico multifase mecanizó un gran número de artilugios que aligeraban las tareas del hogar, reduciendo en tiempo y esfuerzo su utilización. En paralelo, se vestían los interiores con reinterpretaciones históricas del neogótico, el neoclásico y hasta el neorrococó, pero todas ellas aceptaban los cambios tecnológicos que la casa iba adquiriendo. Hasta llegar el movimiento moderno, el confort y la decoración interior evolucionaban sin entorpecerse. Con la entrada del nuevo siglo, la definición de la vivienda desarrolla un fuerte carácter racional, muestra de ello son las dos metáforas utilizadas por arquitectos del momento:


“La casa como hogar es meramente un revestimiento exterior, que debe caer igual que un abrigo, sin arrugas que muestren que está comprado hecho.”

Ellen Richards

“Uno puede sentirse orgulloso si tiene una casa tan útil como una máquina de escribir.”

Le Corbusier

Mientras Ellen Richards entiende la casa como un vestido que cubre las necesidades de cada familia, Le Corbusier apuesta por la máquina de vivir impersonal y apta para todos los públicos. La flexibilidad de las telas acompaña la idea de adaptación a nuestro cuerpo, mientras que las nuevas tecnologías han adoptado la condición de ser universales. Entendiendo la decoración como un entorpecimiento, el Espíritu Nuevo apuesta por la desnudez del espacio interior para facilitar las funciones de la casa. Una desnudez de distracciones, hacia la deseada vida cotidiana eficiente; aunque de forma paradójica, implica renunciar a su vestido más íntimo y personal.

Retomando el hilo inicial, desnudarse siempre ha sido controvertido. Los vestidos, los muebles y los habitantes han disfrazado la arquitectura, cubriéndola con un peligroso velo casi indivisible del edificio. Quizá estos siempre formaron parte del proyecto o, por el contrario, alteraron la realidad al aparecer. Sin determinar los responsables de vestir la casa, tanto arquitectos como usuarios han compartido el placer de domesticarla. La ropa complementa y ayuda a expresar nuestro ser y solo la total desnudez puede mostrar el verdadero individuo. Al fin y al cabo, somos seres desnudos, como también lo son la casa y la calle. Son los vestidos los que enlazan el espacio privado y el colectivo, el pensamiento individual y el carácter social. Desnudarse es estar a la expectativa, es una acción en movimiento que pone en alerta el cuerpo con su entorno. Desvestir la arquitectura es dotarla de mayor complejidad.



Escena en la Casa Malaparte de la película Le Mépris, dirigida por Jean-Luc Godard, 1963.


Referencias:


(1) Génesis es el primer libro de la Torá o Pentateuco, del Tanaj judío y del Antiguo Testamento de la Biblia cristiana.
(2) Rudofsky, Bernard. Are clothes modern? An essay on contemporary apparel. Paul Theobald, 1947.
(3)Witold Rybczynski. La casa, Historia de una idea. Emecé Editores, 1991.

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