HABITANDO PELÍCULAS
memorias de habitar y deambular

Jonas Langnein, Munich



Nos sentimos tranquilos, protegidos y arraigados sentados en nuestro hogar rodeado de muros de hormigón, muros casi tan fuertes como las paredes de roca que podemos ver en la imagen propuesta por Moisés Puente para este número de engawa. La imagen recuerda a la atmósfera creada en la nueva película de Pedro Almodóvar, Dolor y Gloria. En ella Penélope Cruz, como Jacinta Mallo, rechaza de entrada la mudanza de su familia a un pueblo de cuevas. La cueva se convierte gracias al cuidado y a su habitar en un lugar estable y permanente que nos permite, como escribe Georges Perec, pertenecer por entero a nuestro pueblo, saber que uno es de la región de Cévennes o de Poitou. La vieja Jacinta, ya mayor, presintiendo la cercanía de la muerte siente el fuerte deseo de volver a esta cueva que hace tiempo definió como primitiva.

Ya sea encontrada o construida, la arquitectura cumple ese instintivo deseo de arraigarse, encontrar o dar forma a las raíces de uno, arrancar al espacio el lugar que será el nuestro, construir, plantar, apropiarse milímetro a milímetro de la «propia casa». Un deseo que muchos interpretan como algo profundamente humano. Y aunque la autoconstrucción ha dejado de ser el medio de construir la ciudad, Frei Otto explicó que el acto de construir es como un instinto proveniente de nuestros genes, y por ello seguimos levantando muros y cubriendo techos, aunque no haya razón para ello.

Es por esta razón por la que me sorprendió hace un par de días cuando mis amigos me anunciaron que ya tienen un plan de ahorros para construirse su casa en el futuro. Me parece curioso, ya que, en sus casas familiares, después de que se mudaron los hijos, quedan habitaciones desocupadas. Algo parecido pensé cuando crucé este verano en bicicleta distintos pueblos de Castilla y León. Un lado del pueblo se abandonó dejando sólo sus ruinas, mientras 200 metros más allá se construían nuevas mansiones.

Esta puede ser también la razón por la que, aunque nuestras vidas hayan cambiado, se han vuelto más móviles, más impermanentes y más rápidas. Las edificaciones, en cambio, se han hecho cada vez más estables, sólidas, inmóviles convirtiéndolas en una cueva con paredes impermeables.

Me quedo perplejo ante esa paradoja, entra las vidas que vivimos y los entornos que construimos. Es cierto que aparecen nuevas diversidades de tipologías para una vida móvil, como los boardinghouses, studenthotels, apartamentos amueblados con servicio y algunos más. Pero no me entra en la cabeza que esto sea la única manera de satisfacer a esos deseos contrapuestos de moverse y quedarse al mismo tiempo.

Fantaseando, me acuerdo de O.M. Ungers imaginando su archipiélago de Berlín con ‘tribus’ de gitanos metropolitanos errando por una red verde que va uniendo las urbes compactas y densas. La arquitectura de piedra se queda inmóvil, mientras la movilidad se exterioriza en forma de otra sociedad, tribus de jubilados. Otra propuesta visionaria es la instalación WEGO, de la Why Factory, el think-tank estudiantil del estudio MVRDV. WEGO propone una estructura adaptable y móvil para acoger los deseos individuales en un espacio limitado. Pero dudo si me sentaría a gusto en una casa/maquina que fuera modulándose según los pensamientos y deseos de sus habitantes.

La reducción podría llevarnos a otro camino, tal vez así volveríamos de nuevo a la cueva, pero esta vez adoptándonos a ella y no al revés, sin ampliarla. Eso o construimos tiny houses.

En vez de encontrar un hogar, siempre escaso, en cada nuevo destino, enfrentándonos con alquileres tremendos, quizás sea mejor llevarlo encima, con nosotros. Así mis fantasías se van acercando más a lo que me gustaría, pero también a otra película: El Castillo Ambulante de Hayao Miyazaki. En ella aparece una fantasmagórica casa mágica sobre unas piernas de gallinas deambulando por el mundo. Su dueño no necesita preocuparse por nada ya que se encuentra en otro lugar, próximo al paso del castillo. Pero también en esta película las responsabilidades requieren que el castillo se detenga y permanezca en un lugar.

Me deja pensando si la movilidad es solo posible sin apegos a los entornos y materiales físicos; o si habitar, y por ende también la arquitectura de nuestras casas, sea más un conjunto de acciones que de hechos. O como dice Careri, a propósito del movimiento: ‘el hecho de andar se [convierte] en una acción simbólica que permitió que el hombre habitara el mundo’ y sus cuevas. ¿Fue así como se convirtieron en un hogar rico en simbolismo y auto-adaptación, un hogar respetuoso con el ambiente?

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