11 9

Carlos Cachón Barcelona,


Recorro la ciudad sin saber si soy un gigante en un paisaje diminuto o un enano en un escenario monumental. La intensidad del sol borra toda escala. La ciudad es modular: plantas de oficinas que parecen el mapa de una ciudad y fachadas de edificios que no se diferencian de las líneas que un grupo de calles dibuja en un plano.


Teju Cole - Blind Spot (Zurich)

Hay ciudades en las que no podríamos decir si estamos mirando o somos observados. Lo que parece una estantería a la vez podría ser el cierre metálico de un supermercado y la rítmica fachada de un edificio de oficinas o una retícula de calles observada desde el cielo. Cambios de escala en los que, como en las teorías matemáticas, lo inmenso se equipara con lo minúsculo. Las mercancías que ya no podemos comprar, caída la persiana, observadas tras el escaparate de una tienda, por los huecos de sus lamas,no difieren mucho de los contornos que mostramos en plena jornada laboral,tras los vidrios de las oficinas en que trabajamos, tal como nos entenderían las miradas ajenasdesde edificios vecinos.

Frente a lo específico, hay en la malla homogénea de la ciudad infinita un componente de abstracción liberadora. Pero a la vez su repetición fagocita. Tramas, líneas que nos alejan del peligro de la decoración superflua, pero a la vez reducen la arquitectura a mera superficie. En la que nos acomodamos. Tramas que homenajean a otras tramas, hasta que ya no queda más que lo que existió.Repetir y repetir como si nuestro oficio fuera el de la arqueología.No podemos ver lo que aún no existe porque ya sólo somos capaces de mirar hacia atrás.


En esta ciudad fractal, cada fragmento es el microcosmos de una ciudad. Objetos pulidos -narcóticos, estimulantes- se apilan y brillan tras retículas y vidrio. La ciudad es una frenética máquina electrizante: rectilínea, vertical, hipnótica y enmascarada. Abres y cierras el zoom y no deja de ser reconocible.


Imagina una ciudad destruida que, a partir de un fragmento, de su ADN, digamos, la fachada de una tienda, deba ser reconstruida -como en Parque Jurásico-. Esta es una de las ciudades posibles, la nuclear. La otra es la de la periferia, en la que,con una estructura menos reconocible, también podemos leer su código. Ambas estánpresentesen la ciudad sin fin.


Teju Cole - Blind Spot (Zurich)

No sé dónde me encuentro una foto. No podría decir qué representa. Pero basta proyectarla en Google para que aparezca el nombre de una instalación: DescendingStepsfor Batan deGordon Matta-Clark.No sé si acierta.Alguien se enfadará si me oye decir que tampoco me importa. ¿No es esa la gran lección que el progreso, la tecnología,nos deben dar? Lo que antes dependía de la sabiduría es ahora resuelto por un simple algoritmo. Nuestro ego desnudo. Si antes atesorábamos -un poder que nos proporcionaba una posición- saber, ahora la máquina -lo más alejado de la erudición que pueda existir- nos mira por encima del hombro. Podemos liberarnos del viejo vicio de ostentar nuestros conocimientos. Sin embargo, como en todas las épocas de crisis, preferimos darle la espalda, ignorar lo que viene. Hoy la gente ya sólo es capaz de replegarse, volver a lo que existió, al barro, a la tierra, a lo aparentemente humano. Y, ¿no somos nosotros así? Regresamos al pasado porque ya está concluido, porque tenemos referentes, porque disponemos de un conocimiento que podremos aprovechar. Agarramos un artista, un arquitecto, un personaje histórico y nos volvemos especialistas en su obra, fundamos nuestra relevancia en ella. Porque se trata de algo cerrado, sobre lo que podemos dar vueltas. Algo ya concluido que no nos dará sorpresas. Seleccionamos una foto y siempre es de algo que ya sucedió. Que pasó. Y mientras tanto ignoramos el presente. ¿Quién descubrirá a los Miró actuales?

El barro, la tierra. Si el erudito no se equivoca, la máquina, eso la vuelve más fascinante, lo hace constantemente. No se protege. Evita buscar refugio. Y esos fallos abren nuevas vías, nuevas conexiones. ¿No es ese el origen de la creatividad: relacionar cosas que no tienen nada en común?El primer reconocimiento de Google me condujo erróneamentea Miró fotografiado en su estudio -¡no es Miró, es Matta-Clark, idiota!-. Y, ¿no es acaso Miró una figura aún más cerrada que la de Matta-Clark? Que hace más evidente ese constante mirar atrás que da pie a este escrito…

Así se cierran también hoy nuestras fundaciones de arte. Tapiès… Miró… Con su fiebre reciente por devolver los espacios centrales al autor que les da nombre; las exposiciones temporales relegadas a los subsidiarios.El turista ocupando el lugar del visitante asiduo. El negocio el del conocimiento. Lo que ya está resuelto, lo que ya no ofrece dificultad, pues ha sido previamente desentrañado, acomodado en el escenario central. Lo difícil, lo que aún sólo es construcción, lo que aún no ha sido descifrado, postergado al rincón menor.Retirado lo que seguramente no será tan relevante, pues enfrente tiene al genio certificado por la Historia, pero que aún nos queda por saber adónde conducirá pues todavía está en elaboración.Apartado lo que nos obliga a hacernos preguntas, a descubrir un sentido. Lo que nos desafía a advertir su valor.No es un cambio relevante. Si algo nos interesa, lo mismo lo miramos en un palacio que en una choza. Pero se trata de todo un símbolo. Un gesto notablemente esclarecedor.

Mirando hacia atrás todo el rato. Así estamos.Como si la niña de El exorcista nos hubiese inoculado su virus. Una niña de la que al menos podemos afirmar que su giro de cabeza suponía un acto de protesta, un desafío al poder normativo. Justo lo contrario de quienes hoy imitan su tic, porque son incapaces de cuestionar lo que ha sido dado por válido, porque sólo han sido educados en otro gesto, el de agachar la cabeza, el de la sumisión.

En el Museo Nacional de Beirut, como en todo museo de arqueología, te encuentras piezas incompletas, esculturas y basamentos erosionados por los siglos. El mármol es resistente, pero no invulnerable.


Teju Cole - Blind Spot (Beirut)

¿No es acaso ese el verdadero valor del tiempo? Destruir lo que existe -no sólo nosotros mismos- también las masas. Lo firme. Lo sólido. Lo que creíamos magnificente.

El tiempo que afecta incluso al pasado, que transforma hasta al mármol milenario. Frente a lo acaecido, lo fijo, lo que ya está etiquetado, ahí está siempre el presente ofreciéndonos un momento fugaz que supone un desafío, que nos exige preguntarnos sin saber si acertaremos con nuestra respuesta. El presente que es como nosotros, circunstancial, fugaz, con el que nos encontramos por casualidad.Podríamos haber caído en cualquier otro, caímos en este.Que desaparecerá como nosotros, y será sustituido por otros, como nosotros. Pero que aún no está escrito, que siempre nos muestra su rostro misterioso exigiéndonos que lo interpretemos.

Hay quien tiene miedo. Quizás debamos respetarlos. Todo ha de ser admitido. Miedo a equivocarse. Pero a otros nos gustaría siempre mirar al presente. De cara. Lo que no está acabado. ¿No es ese nuestro placer? ¿Nuestra recompensa?Hablaremos, diremos muchas cosas.Sobre lo que aún no ha tomado forma. Muchas tonterías. Porque aún no sabemos qué será lo que es.Yen las antípodas de lo que sucede con el erudito, nos equivocaremos.Porque no tenemos como asiento una base sólida. Porque nuestro suelo se mueve. Arenas movedizas…Porque sólo nos queda arriesgarnos. Y, ¿no es eso lo máximo a lo que podemos aspirar? ¿Nuestro verdadero horizonte?

---------------------------------índice-----------------------------